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Editorial
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El golpe de la verdad
Martes,  6 de Agosto, 2019
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El presidente Morales sentó las bases del modelo que está en vigencia y que podría denominarse “Yo le meto nomás, aunque sea ilegal”. Para ahorrar palabras tal vez podríamos resumirlo en algo así como “Vale todo”, mientras sean los dueños del poder los que definan las cosas, incluyendo qué es verdad y qué es falso, como lo ha hecho el propio mandatario, que intenta sepultar definitivamente el debate sobre el 21F, al tildarlo como una soberana mentira.

Y ya que estamos en el 6 de agosto, por qué no decir también que nuestra historia es una gran mentira, tema que no es nada difícil pues lamentablemente vivimos en un país donde casi todos ignoran lo que viene ocurriendo desde hace 194 años. 

Si revisáramos algo de la trayectoria de nuestra república, descubriremos decenas de líderes que pensaron e hicieron lo mismo, que se endiosaron, que se autodeclararon como caciques y brujos al mismo tiempo y que convirtieron a la nación en su propio feudo, con resultados desastrosos, que no hicieron más que sumir a Bolivia en los niveles más bajos de la pobreza, aunque los jerarcas del Gobierno se empeñen ahora en definir por decreto el número de pobres.

Si los bolivianos fuéramos más conscientes de lo que ha pasado desde 1825 llegaríamos a la conclusión de que el resultado de un proceso político que empezó el 2005 no puede ser otro más que el desastre económico y la inestabilidad política, dos componentes que han marcado cíclicamente nuestra historia.

Años caracterizados por el derroche, el endeudamiento, la ineficiencia y la improductividad no pueden resultar en nada más que en déficit y en un progresivo deterioro de la situación financiera del aparato público, que durante 13 años ha sido el motor de la economía, pues nadie se preocupó de usar los extraordinarios ingresos para dinamizar el sector privado, diversificarlo y darle mayor protagonismo.  Por el contrario, las empresas siguen acosadas por el ogro recaudador, arrinconadas por el contrabando  y el peso laboral cargado de beneficios, dobles aguinaldos y otras regulaciones.

Los más tremendistas no dudan que nuestro destino se parece al de Venezuela, pero no hace falta ir muy lejos, pues calamidades sociales y económicas hay de sobra en la historia boliviana, desdichas que jamás habían ocurrido en la tierra natal de Simón Bolívar, hasta que llegó al poder el más extremo populista, cuyas recetas han estado aplicando con mucho empeños nuestros gobernantes.

Del otro lado están quienes aseguran que vivimos en una isla paradisiaca, que la historia boliviana ha cambiado y que nos espera una prosperidad parecida a la de Suiza. Tal vez desde sus palacios con jacuzzi, desde los helicópteros y aviones, las cosas se vean distinto, pero la gente siente otra cosas, no porque lea o escuche los comentarios de los analistas, sino porque el fin de la fiesta comienza a asomar en sus bolsillos, a la hora de comer y de hacer compras.

Si los bolivianos fuéramos más conscientes de lo que ha pasado desde 1825 llegaríamos a la conclusión de que el resultado de un proceso político que empezó el 2005 no puede ser otro más que el desastre económico y la inestabilidad política, dos componentes que han marcado cíclicamente nuestra historia.

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