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 5 de Diciembre de 2019
Editorial
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El fin de los idiotas
Sábado,  30  de Noviembre, 2019
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Los griegos llamaban idiotas a los ciudadanos que no se interesaban en los asuntos públicos, que no participaban en las asambleas en las que se tomaban decisiones importantes de la ciudad (polis) y que solo se preocupaban de sus propios intereses.

Para los griegos lo esencial de la democracia era el diálogo, la discusión, el intercambio y sobre todo, el ejercicio pleno de la ciudadanía, que no solo consiste en reclamar y rebelarse en momentos críticos, sino en demostrar interés por lo que Rousseau llamó siglos después el interés común.

Los padres de la democracia norteamericana adoptaron esa idea y se aseguraron de aportar con la mejor herramienta para conseguir un ciudadano consciente de su entorno y vigilante de las acciones de sus gobernantes. Ese instrumento es la información y la libertad de expresión, aunque también previeron un “Plan B”, consistente en la potestad del uso de armas de fuego para protegerse de los tiranos. De esa manera se han ahorrado toda la sangre, la inestabilidad y el atraso que han ocasionado en otros sitios del mundo, remezones, dictaduras, falsas revoluciones y toda clase de desórdenes políticos, muy frecuentes en Bolivia, para no ir muy lejos.

Los más grandes inventos de occidente, la democracia representativa, el derecho y la república, lamentablemente han sido distorsionados, secuestrados y corrompidos por toda clase de autoritarismos y el ciudadano perdió su capacidad de influir públicamente. En el Siglo XX, ni la modernidad, los adelantos técnicos, la influencia de las ideas humanistas y tampoco el auge de las comunicaciones, pudieron impedir las catástrofes humanitarias ocasionadas por fenómenos políticos sangrientos y dolorosos.

El Siglo XXI nos ha traído una nueva era que viene acompañada de la revolución tecnológica  y que ha transformado todos los campos de la vida, incluyendo, por supuesto, el de la política. La era de la información ha parido a un nuevo ciudadano hiperconectado, con súper habilidades para producir, compartir, rebatir y encontrar información. Es un habitante global que ama el debate, que no tiene miedo a criticar y que es irreverente con el poder. No necesita intermediarios ni representantes para hacerse escuchar o para transmitir sus quejas, no lucha con balas ni fusiles, sino con un teléfono celular, donde se esconde una cámara de fotos, una filmadora, un canal y millones de ojos y oídos que ahora están encima de los gobernantes, impávidos porque no saben cómo lidiar con esta multitud reunida que dialoga permanentemente, que se indigna y se moviliza con facilidad.

Este factor ha sido determinante para acabar con viejas dictaduras en el mundo y naturalmente, fue fundamental en el increíble desenlace que se vivió en Bolivia el pasado 10 de noviembre. Sin embargo, a este proceso todavía le está faltando la posibilidad de construcción, pues resulta difícil articular un proyecto político a partir de esta suerte de “inteligencia colectiva” que a veces resulta caótica. De cualquier forma, estamos ante un nuevo ciudadano más atento, cuyo reto es edificar la gobernanza del país.

La era de la información ha parido a un nuevo ciudadano hiperconectado, con súper habilidades para producir, compartir, rebatir y encontrar información. Es un habitante global que ama el debate, que no tiene miedo a criticar y que es irreverente con el poder.