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Editorial
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Economía de guerra
Miércoles,  11 de Marzo, 2020
Economia-de-guerra

Nadie tenía en sus pronósticos el sombrío panorama que ha surgido fundamentalmente a partir de la pandemia del Coronavirus, que ha desatado el pánico en todas direcciones, hasta tocar el motor de la economía mundial, el petróleo, cuyo precio ha caído al mismo nivel que alcanzó en 1991, cuando se produjo la Guerra del Golfo.

El valor del crudo se desplomó hasta bordear los 30 dólares el barril el pasado lunes, noticia que, en otras circunstancias podría resultar alentadora para una economía que ya se encontraba en recesión mucho antes de que surja la alerta sanitaria que se ha propagado hacia los cinco continentes. Ese no es el caso esta vez y se espera que el remezón que viven hoy los mercados asiáticos y europeos, los más afectados, se transforme en un colapso de grandes proporciones que no sólo se prolongará en el tiempo, sino que cundirá a nivel global.

Hemos visto como inmediatamente se han desplomado las bolsas de comercio en todo el mundo, incluyendo la más importante de Brasil, que tuvo que recurrir a una medida de emergencia para evitar más pérdidas.

Acabábamos de celebrar la ampliación del contrato de venta de gas a Brasil por seis años, pero con las últimas novedades, los ingresos pronosticados, de entre cuatro mil y seis mil millones de dólares, podrían verse fuertemente menguados, de tal forma que el principal dinamizador de la economía nacional seguirá en caída si es que no se toman medidas urgentes para su recuperación.

En todo caso, tanto el Gobierno de transición, como la administración que tome el mando después de las elecciones del 3 de mayo tendrán sobre sus hombros una pesada responsabilidad, consistente en poner en marcha una reactivación productiva orientada a la diversificación económica y al mismo tiempo un profundo programa de austeridad que priorice al máximo las inversiones para no descuidar el factor social, que suele ser tan complejo en momentos de crisis.

En este momento estamos en un proceso de reconstrucción de nuestra economía, maltrecha por el derroche, la irracionalidad de las inversiones y la corrupción. El trabajo es arduo, pues en la medida en que se acomodan los números, se tiene que hacer una amplia labor de comunicación y de información, de tal manera de derribar los mitos que construyó el régimen populista y socialista, que convenció a propios y extraños de que su modelo estatista, de economía controlada, de elefantes blancos y de una falsa nacionalización, era el adecuado para Bolivia, cuando en realidad es un completo fracaso y lo ha sido en todos los países donde se aplicó, dejando tras de sí una estela de destrucción y de hambre.

En momentos como estos se tiene que apelar a toda la sinceridad posible sobre la viabilidad de las empresas estatales, que han venido sangrando el erario público y que pueden mandar a la quiebra a un país que ya no dispone de cinco veces más recursos, como los que dispuso Evo Morales, con resultados desastrosos.

En momentos como éstos se tiene que apelar a toda la sinceridad posible sobre la viabilildad de las empresas estatales, que han venido sangrando el erario público y que pueden mandar a la quiebra a un país que ya no dispone de cinco veces más recursos, como los que dispuso Evo Morales, con resultados desastrosos.