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Editorial
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Dudas sobre la seguridad alimentaria
Viernes,  4 de Agosto, 2017

Cuando el río suena, piedras trae”, dice el refrán y al parecer el ruido de los próximos años sonará en los estómagos de millones de habitantes del mundo que deberán enfrentar una nueva crisis alimentaria como la que se produjo entre 2007 y 2008 como consecuencia de largos periodos de sequía que azotaron a los centros de producción de alimentos más importantes del planeta.

La FAO ya lanzó una dura advertencia en estos días y en Bolivia, como no podía ser de otra manera, el Gobierno trata de minimizar el problema, argumentando (por boca del ministro de Agricultura César Cocarico), que no hay nada qué temer, pues somos capaces de producir el 95 por ciento de los alimentos que necesitamos. En otras palabras, asegura que estamos “blindados” en materia de seguridad alimentaria. 

Los bolivianos conocemos bien lo que ocurre cuando las autoridades hablan de “blindaje” y en este caso no hay cómo extraviarse. De acuerdo a datos estadísticos recientes, el país seguirá importando trigo más allá del año 2025, pues los planes para conseguir el autoabastecimiento no han funcionado como se esperaban. Los cultivos de girasol han bajado, el maíz es inestable, cayó el algodón y los rendimientos de otros rubros como las carnes de pollo, de cerdo y de res, junto al azúcar, la soya y el sorgo no han llegado a los picos óptimos, como lo comprueban los reportes de la Fundación Milenio.

Si bien los factores climáticos son cruciales a la hora de limitar la producción de alimentos, en Bolivia también gravitan los desincentivos a la producción establecidos en cupos, control de precios, prohibiciones a las exportaciones, inseguridad jurídica de la tierra, avasallamientos y normas que bloquean el acceso a la biotecnología.

El nacionalismo secante y miope del régimen pone como requisito de las exportaciones el abastecimiento del mercado interno, pero no se da cuenta que al imponer esta receta socialista pone en riesgo la soberanía, pues el resultado final es la contracción de la oferta, la reducción de las inversiones, pérdida de mercados y caída de la competitividad del sector agropecuario.

La prueba de esta visión tan obtusa es que en Bolivia existen al menos siete rubros de alimentos que registran excedentes y que podrían exportarse, pero están limitados por políticas gubernamentales con un alto contenido ideológico y nulo razonamiento técnico. Estamos hablando del pollo, el cerdo, la carne de res, el azúcar, la soya y el maíz que actualmente podrían exportarse y generar divisas que vendrían a suplir la caída de los ingresos por la venta de gas. Lo más importante es que si abrieran los mercados a estos rubros, automáticamente se reactivaría el campo con inversiones frescas que ayudarían a eliminar la amenaza del desabastecimiento, sino también a cubrir los déficits en otros productos a través de importaciones.

Un reciente estudio denominado "Tendencias de la producción y el consumo de alimentos básicos en Bolivia" demuestra que el país es cada vez menos soberano en términos alimentarios, hecho que se puede evidenciar en el crecimiento de las importaciones de cereales que se ha incrementado en el orden del 1,5% anual. En frutas, verduras y granos también ha habido crecidas que resultan preocupantes.

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