Crece el temor de que la inteligencia artificial (IA) reemplace a los seres humanos en todo tipo de empleos. Como ocurre con cada revolución tecnológica, muchos piensan que provocará una pérdida masiva de puestos de trabajo. Sin embargo, numerosos economistas discrepan. La historia demuestra que los avances tecnológicos no necesariamente generan desempleo.
La mayoría de la población de los países
occidentales trabajaba antiguamente en la agricultura. La aparición de
tractores y otras tecnologías redujo drásticamente la necesidad de mano de obra
en el campo, pero no provocó desempleo masivo. Por el contrario, hoy tenemos
una población mucho mayor, más empleos, salarios más altos y mejores
condiciones de vida.
Las revoluciones tecnológicas han tenido, en
general, el mismo resultado: mayor productividad, prosperidad y empleos mejor
remunerados. El nivel de vida actual es, en buena medida, consecuencia de esos
avances. No hay razones suficientes para suponer que esta vez será diferente.
Pero supongamos que los más pesimistas tienen
razón y que la IA provoca una pérdida importante de empleos. ¿Cuáles
desaparecerán primero? Probablemente no serán los que generan mayor valor, sino
aquellos que pueden reemplazarse fácilmente y cuya contribución a los
resultados de una empresa es marginal.
Existen dos categorías especialmente
vulnerables. La primera es la burocracia empresarial: puestos dedicados a
elaborar procedimientos, llenar formularios, producir informes, recopilar
estadísticas y controlar indicadores de desempeño. Son funciones destinadas
principalmente a supervisar y administrar los procesos productivos, pero que no
participan directamente en la creación de valor.
La segunda categoría corresponde a lo que el
antropólogo David Graeber denominó «trabajos inútiles» (bullshit jobs). Se
trata de empleos cuya existencia resulta difícil de justificar porque no
contribuyen realmente a los resultados de una organización. Algunos se crean
por vanidad de los directivos, para satisfacer sus caprichos o mantener
asistentes y cargos innecesarios. En lugar de ser actividades productivas,
representan una forma de consumo de los recursos de la empresa.
La IA puede sustituir rápidamente muchas de
estas funciones. Permitirá recopilar información, elaborar informes, controlar
procesos y calcular indicadores de rendimiento de manera automática. Incluso
podrá supervisar el desempeño de los propios directivos, reduciendo la
posibilidad de utilizar los recursos empresariales para satisfacer intereses
personales.
Esto no significa que toda la burocracia sea
inútil. Parte de ella es necesaria para administrar una organización. Sin
embargo, existen estructuras excesivas, procedimientos obsoletos y puestos
creados por inercia que podrían desaparecer sin afectar la producción.
Recursos humanos, administración, secretaría y
otras áreas podrían experimentar importantes transformaciones. Muchos
trabajadores serán reemplazados por sistemas de IA capaces de realizar las
mismas tareas con mayor rapidez, precisión y a una fracción del costo.
Este proceso tendrá dos consecuencias.
Primero, empresas más eficientes, menores costos, mayor competencia y precios
más bajos para los consumidores. Todo ello puede traducirse en mayor
productividad, crecimiento económico y mejores niveles de vida.
Segundo, quienes pierdan sus empleos tendrán
que buscar nuevas oportunidades. La transición no será sencilla, pero una
economía más productiva también abre espacios para nuevas actividades. Allí
desempeñarán un papel fundamental los emprendedores, capaces de identificar necesidades
y transformar recursos y conocimientos en nuevos negocios.
En definitiva, el futuro no consiste en
conservar puestos de trabajo innecesarios, sino en liberar recursos humanos y
económicos para actividades que realmente generen valor.
Bylund - Instituto Mises