Aunque suelen utilizarse como sinónimos, el éxito, el progreso y la prosperidad representan tres dimensiones diferentes de la vida. Alcanzar una meta no significa necesariamente avanzar, y avanzar tampoco garantiza vivir bien. La verdadera prosperidad exige equilibrio entre ocho aspectos fundamentales del bienestar humano. Confundirlos puede llevarnos a perseguir objetivos equivocados y creer que alcanzar determinadas metas es suficiente para tener una vida plena.
El éxito: ganar una batalla.- El éxito es puntual.
Consiste en alcanzar una meta, cumplir un propósito o salir airoso de una tarea
específica. Pero ser exitoso en una actividad no significa serlo en todas las
dimensiones de la vida.
Un futbolista puede tener una carrera
extraordinaria y ser un mal padre. Un empresario puede acumular riquezas y
fracasar en su matrimonio. El mejor alumno de un colegio puede obtener las
mejores calificaciones y no necesariamente desenvolverse con éxito en la vida.
Incluso Pablo Escobar fue exitoso en su
actividad criminal, si medimos exclusivamente su capacidad para construir un
imperio del narcotráfico. Eso no lo convierte, por supuesto, en una persona
admirable ni exitosa desde el punto de vista humano.
Un político puede alcanzar la alcaldía y, sin
embargo, fracasar en su responsabilidad de mejorar la vida de los ciudadanos.
El éxito, por tanto, no es una condición
absoluta. Se puede triunfar en algo y fracasar en muchas otras cosas.
El progreso: avanzar en la dirección
correcta.- Si el éxito es puntual, el progreso es un proceso. Significa
avanzar, desarrollar capacidades y mejorar las condiciones existentes en los
ámbitos económico, social, científico, tecnológico o institucional.
Pero ¿todo avance representa necesariamente un
progreso?
Una ciudad puede crecer en edificios,
carreteras y centros comerciales, pero si sus habitantes viven amenazados por
la delincuencia, ese desarrollo resulta insuficiente.
Nueva York ofrece un ejemplo. Durante los años
noventa enfrentaba graves problemas de criminalidad. Entre 1994 y 2001, durante
la administración de Rudy Giuliani, se aplicaron políticas de seguridad
conocidas como tolerancia cero, acompañadas de otras medidas que contribuyeron
a reducir la delincuencia.
La lección es clara: progresar no consiste
solamente en construir infraestructura o acumular riqueza, sino también en
crear condiciones para vivir con seguridad, libertad y dignidad.
La prosperidad: el bienestar integral.- La
prosperidad es un concepto más amplio. No se limita al dinero, al éxito
profesional ni al crecimiento económico. Es un estado de bienestar integral.
Existen ocho condicionantes fundamentales para alcanzarla:
1.- Salud: bienestar físico, mental y
psicológico, de acuerdo con la edad.
2.- Recursos: disponer de dinero, vivienda,
trabajo, transporte y medios para desarrollar nuestros proyectos.
3.- Amor: amor a Dios, a uno mismo y al
prójimo.
4.- Armonía familiar: relaciones saludables
dentro del hogar.
5.- Propósito de vida: saber quiénes queremos
ser y hacia dónde vamos.
6.- Libertad: disfrutar de nuestros derechos y
superar pensamientos y sentimientos limitantes.
7.- Recreación: dedicar tiempo al deporte, los
amigos, las tradiciones y la cultura.
8.- Legado: dejar huellas positivas en la
familia y la comunidad.
Una persona puede tener mucho dinero y carecer
de salud, amor o armonía familiar. También puede alcanzar reconocimiento
profesional y sentirse vacía por no encontrar un propósito.
Ganar, avanzar y vivir bien.- El éxito es
ganar una batalla. El progreso es avanzar en la guerra. La prosperidad es alcanzar
la paz y encontrar satisfacción en una vida con sentido, procurando el
equilibrio entre sus ocho dimensiones fundamentales.
Comprender estas diferencias es una de las capacidades CAP³ del programa SEI³CuP³, orientado a potenciar la prosperidad y la productividad. Porque no basta con conseguir resultados: también debemos aprender a construir una vida que valga la pena vivir.