“Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna”.
El hallazgo de pactos de sangre en los
celulares de reclutadores del PCC es sumamente perturbador. Para una persona
normal, resulta incomprensible que alguien firme semejante contrato, del que
solo puede liberarse con la muerte. Mientras algunos están preocupados por los
supuestos efectos nocivos de Halloween (que, para mí, es como rechazar la
Navidad porque algunos la han comercializado con Papá Noel), estos pactos
revelan la verdadera naturaleza satánica de estas peligrosas organizaciones. Su
mismo nombre —Primer Comando de la Capital— implica la pretensión de acaparar
el poder político para gobernar a los pueblos de la misma manera en que manejan
su organización criminal.
Pregunté a Google AI sobre las motivaciones de
los jóvenes que firman semejante pacto:
1. Pertenencia y “fraternidad”: El PCC opera
internamente bajo la narrativa de ser una “familia” o hermandad. Para jóvenes
que provienen de entornos desestructurados o de exclusión social, el proceso de
“bautismo” de la banda les otorga una identidad, un estatus y un falso sentido
de comunidad.
2. Falsa promesa de protección y soporte: La
organización cuenta con un sistema de asistencia mutua muy estructurado. Los
miembros saben que el grupo financia abogados, brinda ayuda económica a sus
familias si caen presos y proporciona apoyo logístico, lo que genera una
dependencia absoluta y un fuerte sentido de deuda moral.
3. Falta de oportunidades y ambición económica:
La promesa de ingresos rápidos y el control de economías ilícitas (como el
tráfico de armas y drogas) resultan sumamente atractivos en regiones
vulnerables con altas tasas de desempleo juvenil. El PCC exige que sus
integrantes se dediquen por completo a actividades criminales a cambio de poder
y dinero.
4. Coerción y manipulación psicológica: Los
reclutadores aprovechan la inexperiencia de los jóvenes. Una vez que el
aspirante ingresa en la dinámica delictiva del grupo, el “contrato de sangre”
se presenta no solo como un juramento de lealtad, sino también como una
herramienta de terror psicológico para asegurar que nadie delate a la red, bajo
la amenaza explícita de ejecución inmediata.
5. Ciberreclutamiento y modernización criminal:
El PCC se ha adaptado a las lógicas transnacionales modernas. Utiliza redes
sociales, aplicaciones de mensajería cifrada y formatos digitales (como el
archivo del contrato hallado por la Fiscalía), que resultan familiares y
atractivos para las audiencias más jóvenes y facilitan su captación a
distancia.
Las dos primeras motivaciones indican el
fracaso de nuestras familias y comunidades, e incluso de la Iglesia, ya que nos
corresponde a nosotros brindar a los jóvenes una auténtica experiencia de
familia, hermandad, protección, apoyo y pertenencia. No ayudan las políticas
inspiradas en la ideología de género, que debilitan aún más a la familia y
promueven una sexualidad promiscua, desligada de la formación de una familia.
La segunda y la tercera motivaciones apuntan a
la eterna pobreza y al subdesarrollo de nuestras naciones, especialmente de
Bolivia, que, a pesar de las promesas de una utopía socialista del “vivir
bien”, canalizó grandes recursos hacia las manos de unos pocos, incluidos
funcionarios corruptos y organizaciones criminales, en vez de administrar la
economía con inteligencia.
La cuarta implica el fracaso de nuestro
sistema educativo. Aunque Psicología forma parte del currículo educativo, no
proporciona una ayuda real a los jóvenes, ya que primero deben aprender a leer
con comprensión y a escribir con coherencia para poder enfrentar la
manipulación psicológica de estos grupos con un auténtico sentido crítico.
La quinta también apunta al sistema educativo.
Negar el uso de celulares, en vez de enseñar a utilizar las tecnologías
modernas en el aula, solo convierte estos dispositivos en un irresistible fruto
prohibido para los jóvenes, acompañado de las falsas promesas que provienen del
Padre de la Mentira.
La combinación de estos factores con la
realidad de las vidas destrozadas por la droga y la violencia hace que estas
organizaciones merezcan el apelativo de narcoterroristas. Son traidores como
Judas: te entregarán a la muerte con un beso por unas cuantas monedas. Sus
reclutados disfrutan durante un breve momento de las fiestas y las riquezas del
crimen, para luego descubrirse abandonados a su suerte, como el hijo pródigo
cuidando cerdos, o asesinados sin piedad por una pequeña deuda o por la
sospecha de una falta de lealtad.
“Donde esté el cadáver, se juntarán los
buitres” (Mt 24,28). Este dicho de Jesús describe perfectamente lo que sucede
en Bolivia con las luchas de poder entre las mafias. Y aunque se presentan como
amigos y mesías, estos maleantes son, esencialmente, buitres que viven de la
muerte de los demás.
“Cuando un hombre fuerte y bien armado hace
guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras, pero si viene otro
más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte
sus bienes” (Lc 11,22). Jesús pronunció estas palabras cuando fue acusado de
expulsar demonios con el poder de Belzebul. En realidad, Jesús es quien despoja
a Satanás de sus armas, como las que utiliza el PCC mediante sus pactos de
sangre y sus falsas promesas de paraíso. El opio de los pueblos no es la
religión, sino la propia droga, que mantiene a las organizaciones criminales
atrapadas en sus alucinaciones. Una auténtica relación con Jesucristo pone al
descubierto toda su malvada falsedad.
Pero Jesucristo también nos invita a ser parte
de un pacto de sangre: “Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza
nueva y eterna que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de
los pecados” (Última Cena). “No hay amor mayor que dar la vida por tus amigos”
(Jn 15,13). Aunque muchos seguidores de Jesús se han convertido en mártires,
Jesús no exige el martirio a nadie. Ofrece su propia vida para sacarnos de
nuestro letargo, hipnosis y confusión, y encaminarnos hacia una vida digna y
plena.
Querido lector, que Dios te bendiga.