Tribuna

¿Por qué los escándalos ya no tumban a los políticos?

¿Por qué los escándalos ya no tumban a los políticos?
Javier Medrano | Periodista columnista
| 2026-11-04 07:03:58

Esta crisis moral esconde algo más que un simple descaro público. Lo primero que deberíamos establecer como base para elaborar una radiografía de esta profunda crisis de valores y principios en el ejercicio de los cargos públicos y del poder es que una crisis moral es mucho más que una degradación de las buenas costumbres —la decencia, el decoro, la dignidad, la educación cívica y el pudor—. Es el completo extravío de los criterios compartidos que permiten distinguir el bien del mal, lo justo de lo injusto y el interés general del particular. Es destruir el bien común en beneficio del interés personalísimo, en desmedro de la sociedad.

Cuando en una sociedad se deja de compartir ese mínimo minimorum de una ética común, los vínculos de confianza se debilitan, disminuye el sentido del deber y el poder tiende a sustituir al servicio como finalidad de la política pública.

Las consecuencias de este teatro del terror son profundas. La verdad se relativiza, la mentira deja de escandalizar debido a su normalización social, la corrupción se banaliza, las instituciones se convierten en instrumentos de enriquecimiento y la ley corre el riesgo de ser percibida no como una garantía de justicia, sino como una herramienta al servicio de quienes gobiernan y detentan el poder.

Ser ético en estos tiempos es sinónimo de imbecilidad e ingenuidad. El ladrón tiene ahora mayor reconocimiento, y más aún si es hábil y maniobrero. La gente le celebra su audacia y lo encumbra como una especie de ídolo barrial. La familia, la educación, la economía y la convivencia cívica acaban sufriendo los efectos de esta erosión. De hecho, en una sociedad así es cada vez más difícil cooperar colectivamente, confiar en alguien, asumir sacrificios compartidos o sostener un proyecto comunitario o vecinal.

El politólogo Theodore Lowi (El presidente personal, Editorial Fondo de Cultura Económica) define muy bien el escándalo y lo señala como una «corrupción revelada», no solo por su aparición pública gracias a una denuncia o una investigación, sino también por su carácter sorpresivo. Por eso, en tiempos pasados, las corruptelas siempre llevaban implícita la amenaza de que la revelación de una mala conducta provocaría una reacción pública que, a su vez, generaría algún tipo de castigo ejemplar. Pero ahora el vínculo entre revelación y reacción se ha roto. Ya no existe.

Esta reacción de rechazo en cadena era, usualmente, una de las formas en que se aplicaban las normas y reglas en las democracias. Así se debía actuar y así se debían respetar las normas. Si el poder del escándalo desaparece, nos queda un círculo vicioso en el que las irregularidades morales o legales ya no conllevan sanciones ejemplificadoras. Esto socava la confianza en el Gobierno y las instituciones públicas, amplía la polarización y permite más corrupción, abusos y violaciones de la ley. Este ciclo es difícil de romper y destruye el valor de la rendición de cuentas públicas.

Quizás el epítome de una presidencia profundamente corrupta sea la de Donald Trump, que ha eclipsado incluso a varios autócratas y mafiosos de Europa del Este y que, para muchas universidades, será un caso de estudio en ciencias políticas, historia social y neuropsicopatía.

El serio problema es que no se trata solamente de este individuo desquiciado, sino de un fenómeno global. Tenemos a un Pedro Sánchez en España, con una retahíla de actos de corrupción que no han dejado un solo rasguño en sus ambiciones de poder; a un José Luis Rodríguez Zapatero que recibió millones de euros de dictadores como Chávez, los Castro y Maduro, y que sigue campante por las calles.

Otro hallazgo preocupante es que, al menos, se espera que las noticias sobre irregularidades escandalosas provoquen algún tipo de indignación entre los votantes. Pero no es así. El MAS es un claro ejemplo de estas corruptelas brutales. Pese a esos antecedentes, llegó a la presidencia el masista Arce Catacora, que terminó siendo un ladronzuelo de siete suelas, junto con sus hijos. Ni qué decir de Jhonny Fernández, cuya gestión edilicia fue, históricamente, un mar de corrupción.

La razón por la que los políticos se aferran a sus cargos en lugar de dimitir es que, cada vez más, la polarización los apaña. Las personas sienten cierta «calidez» social hacia los miembros de su propio bando, pero una intensa hostilidad hacia sus oponentes. Y esto se traduce en salvavidas para estos políticos corruptos.

Esta polarización, según los expertos, está destruyendo el poder del escándalo. Hoy en día, los votantes son menos propensos a indignarse por lo que hacen los políticos de su propio bando y menos propensos a abandonarlos si hacerlo pudiera dar ventaja a sus enemigos. Sin la amenaza de una reacción negativa de los votantes, las élites políticas tienen muy pocos incentivos para exigir dimisiones, destituciones u otras consecuencias.

En este pasillo de la infamia desfilan Marine Le Pen en Francia, Nigel Farage en Inglaterra, Bukele en El Salvador, Ortega en Nicaragua, Cristina Kirchner en Argentina, Evo Morales y su recua de ladrones, y la mayor truhana de Latinoamérica, Delcy Rodríguez, junto a Diosdado Cabello. Todos ellos se escudan en una supuesta «caza de brujas» y en una persecución conspirativa en su contra y contra sus seguidores.

Cuando un país está profundamente dividido, es mucho más fácil para los votantes perdonar las transgresiones de «sus políticos» y defenderlos de sus mañas. Ojalá que la criticidad y el castigo sociales se impongan en estos tiempos de tanta oscuridad y podredumbre.

Javier Medrano | Periodista columnista