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Los republicanos buscan culpables de la debacle electoral sin atreverse a señalar a Trump

El presidente descarga en Irán su responsabilidad en la derrota en las ‘midterms’ mientras presume de avances en las obras del salón de baile de la Casa Blanca

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Internacional | El País | 2026-11-04 16:23:00

Unas horas antes, el presidente de Estados Unidos había hecho lo que suele: mirar los restos del naufragio y fingir que él no había tenido nada que ver con la debacle. Fue al final de una extravagante campaña centrada en las obsesiones de un hombre de 80 años tan poderoso como reñido con la realidad, en la que pidió una y otra vez que los votantes actuaran como si él encabezara las listas republicanas por todo el país en estas elecciones de medio mandato.

A eso de la medianoche, Trump resucitó otra vieja costumbre: coger el teléfono al azar a varios periodistas para decirles que aceptaba los resultados, y que si habían sido malos era porque él, después de todo, no se había presentado. Fue el enésimo homenaje a su maestro, el siniestro abogado Roy Cohn, de q…

¿Y los republicanos? El que más lejos se atrevió a ir en las primeras horas fue J. D. Vance, tal vez con la vista puesta en su candidatura a la Casa Blanca en 2028.

Lo hizo en un post en X en el que culpó de la derrota a “la guerra de Irán” y no a los niveles de participación entre sus votantes. El mensaje lo interpretaron algunos como una desautorización al jefe, pero el propio texto, otro prodigio de contorsionismo intelectual, dice que fue Trump el primero en señalar la responsabilidad de Teherán en “[el alto precio de la] gasolina” que convenció a los votantes a castigar al partido en el Gobierno. Al rato, el propio presidente insistió en esa idea en un encuentro ante la prensa para presumir del avance de los trabajos en el salón de baile de la Casa Bla…

Los que en el partido no contaban con su visto bueno se lanzaron a buscar culpables en privado —“antes del desayuno”, escribió The Washington Post con dramatismo—, mientras Mike Johnson, líder de su mayoría en la Cámara de Representantes, anunciaba que no aspirará a encabezarlos en el nuevo Congreso. En público, los republicanos volvieron a morderse la lengua y evitaron señalar al único responsable posible, temerosos aún de llevar la contraria al presidente, incluso en sus horas más bajas.

Asalto al Capitolio

Es un arte que han perfeccionado con los años. Lo practicaron con maestría en 2021, cuando Trump incitó a una turba de sus seguidores a un asalto al Capitolio que puso en peligro la vida de centenares de congresistas conservadores. Pudieron condenarlo en un impeachment que habría acabado con su carrera política, pero un puñado de senadores pensó que no merecía enseñarse con él, porque para qué, si ya estaba acabado.

El siguiente diagnóstico errado fue en las últimas elecciones legislativas de mitad de mandato. Entonces, Trump también influyó negativamente en el resultado republicano. Corría 2022 y todo —un presidente impopular llamado Joe Biden, una guerra cultural encarnizada y una inflación galopante— parecía de cara para que el partido en la oposición reconquistase el Capitolio. Los republicanos tuvieron que conformarse con una victoria mínima y con asistir al regreso de Trump al timón del partido, jaleado por los cuatro juicios en los que le fueron imputando en los meses siguientes.

Desde los tiempos de Lyndon B. Johnson en la Casa Blanca (1963-1969), el partido en el poder había perdido hasta 2022 un promedio de 45 escaños en la Cámara de Representantes y cinco en el Senado en las elecciones intermedias. En estas, la debacle republicana, aún por cuantificar dado que hay 67 diputados por adjudicar en la Cámara baja, flirtea con el récord. En la alta, se han dejado siete escaños y pueden llegar a perder nueve, si se confirman las derrotas en Misisipí (súbitamente azul) y Alaska, cuyo recuento podría durar semanas.

La nueva composición del Congreso asoma al partido a dos años de irrelevancia en el Capitolio, que siguen a los dos anteriores, en los que ellos mismos se indujeron un coma para dejar manos libres a Trump y sus aliados para gobernar. Estos aprovecharon la inacción para ensanchar los límites del poder ejecutivo y lanzar al país por la senda autoritaria.

Serán también 48 meses (los que irán entre la formación del nuevo Congreso el próximo 3 de enero y la toma de posesión del que salga de las presidenciales de 2028) en los que se definirán los contornos del trumpismo sin Trump, si algo así es posible. Y en los que Estados Unidos tendrá un pato cojo como presidente, imagen que en Washington sirve para definir a un político con las horas contadas y las manos atadas, al que entre tanto urge buscar sustituto.

La pregunta con Trump, tal vez el político más difícil de suceder en la historia del conservadurismo estadounidense, es además si ese pato se comportará con la agresividad de un animal herido.

En política interior se enfrenta al inmisericorde marcaje demócrata, pero en la exterior tendrá mayor campo de acción, como ya se teme en las cancillerías de medio mundo.

Los resultados electorales, que pueden dejar tras de sí hasta 30 Estados gobernados por demócratas de un total de 50, incorporan más datos preocupantes para el conservadurismo estadounidense, como el hecho de que Texas se haya teñido de azul por primera vez en décadas. Si ese Estado dejara para siempre de ser rojo, cuesta pensar en un futuro con un republicano en la Casa Blanca.

Antes de que eche a volar la imaginación la izquierda estadounidense —inmersa en su propia crisis de identidad (centristas contra progresistas y socialistas)—, conviene recordar que Washington, que además de una ciudad es un estado mental, se dedica con tanta pasión al negocio de la especulación política como al de la prisa por aventurar tendencias que resultan ser equivocadas.

También, que el viernes hará solo dos años desde que los demócratas tuvieron un mal amanecer después de una noche electoral tan fulminante como la de este martes. Entonces, Kamala Harris perdió frente a Trump; el cadáver al que hubo que practicarle una autopsia estaba en el otro bando.