Editorial

El ADN de América Latina

La política en América Latina ha adquirido una identidad propia y eso no es casualidad. En casi todos los países se repiten las mismas prácticas, los mismos discursos...

Editorial | | 2026-11-04 07:00:53

La política en América Latina ha adquirido una identidad propia y eso no es casualidad. En casi todos los países se repiten las mismas prácticas, los mismos discursos y, curiosamente, los mismos personajes. Cambian los nombres, las banderas y los colores partidarios, pero el libreto es el mismo. Es como si todos hubieran estudiado en la misma escuela y aprendido las mismas mañas para llegar al poder y, sobre todo, para no abandonarlo.

El primer mandamiento es tener un jefe al que nadie pueda cuestionar. El líder siempre tiene la razón, aunque se equivoque. El segundo es hablar de democracia, pero practicarla solamente cuando conviene. Si las elecciones internas favorecen al jefe, son bienvenidas. Si existe el riesgo de perder el control, las candidaturas se deciden entre cuatro paredes.

Los dirigentes no se jubilan, no se retiran y tampoco reconocen sus fracasos. Cambian de cargo, de discurso y de estrategia, pero siempre están presentes. Los hijos heredan los apellidos, los amigos conservan los puestos y los nuevos dirigentes deben esperar pacientemente una oportunidad que casi nunca llega.

En materia económica, la receta tampoco tiene mucho misterio: gastar más de lo que se tiene, repartir dinero para ganar simpatías y dejar que otros paguen la cuenta. Si aparece la inflación, la culpa es de los empresarios. Si falta dinero, de los especuladores. Si no llegan inversiones, de los enemigos del proceso.

La corrupción merece un capítulo aparte. Mientras afecta a los adversarios, es un escándalo nacional. Cuando alcanza a los propios, se convierte en una persecución política. Los acusados pasan a ser víctimas, los jueces se convierten en enemigos y los militantes reciben la instrucción de defender lo indefendible. La lealtad al partido es más importante que la verdad.

También está la vieja costumbre de construir alianzas sin ideas. Dirigentes que no se ponen de acuerdo sobre economía, educación o seguridad pueden convertirse de pronto en grandes aliados. No necesitan compartir un proyecto de país; les basta con tener un enemigo común. La consigna es sencilla: primero recuperar el poder, después se verá qué hacer con él.

¿De qué partido estamos hablando? ¿En qué país encontramos dirigentes que confunden el Estado con su propiedad, los recursos públicos con una caja partidaria y el gobierno con un patrimonio familiar? ¿Dónde los responsables de las crisis pretenden regresar como salvadores y ofrecen las mismas recetas que ya fracasaron?

Las pistas conducen al peronismo argentino, al PRI mexicano o al PT de Brasil, no importa. Esas son las viejas escuelas que configuraron el ADN de la política continental, al extremo de que nuevas figuras y nuevos partidos, asumen el mismo código genético al tomar el poder hasta configurar todo lo malo de la política populista: caudillismo, corrupción, clientelismo, irresponsabilidad fiscal, manipulación de la democracia, culto a los líderes y una enorme resistencia a la autocrítica. Una especie de catálogo de los defectos de la política latinoamericana.

Hay una identidad que se repite a lo largo del continente: caudillismo, corrupción, clientelismo, irresponsabilidad fiscal, manipulación de la democracia, culto a los líderes y una enorme resistencia a la autocrítica. Una especie de catálogo de los defectos de la política latinoamericana.