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La ONU quiere gobernar la IA y apenas puede gobernarse a sí misma

Enfoque Internacional | | 2026-10-29 00:10:00

En Nueva York, durante la 81.ª Asamblea General de la ONU, los diplomáticos del mundo decidieron que la inteligencia artificial (IA) es otra de las amenazas de las que solo ellos pueden salvarnos. El secretario general, António Guterres, advirtió sobre los riesgos de una IA descontrolada y sostuvo que las salvaguardias nacionales voluntarias son insuficientes. Según él, hace falta un marco internacional para evitar una carrera peligrosa en materia de seguridad tecnológica.

El problema no es reconocer que la IA está transformando el mundo. El error consiste en suponer que los organismos internacionales están capacitados para dirigir esa transformación.

Los economistas de la escuela austriaca tienen una explicación para esta equivocación: el problema del conocimiento. Ludwig von Mises demostró que, sin precios de mercado, los organismos de planificación no pueden comparar racionalmente los usos alternativos de los recursos escasos. Friedrich Hayek añadió que el conocimiento económico está disperso entre millones de personas, es local y cambia constantemente. Ningún comité de Nueva York o Ginebra puede reunirlo por completo.

Reconocer un problema no significa conocer su solución. La creación de fondos internacionales para la IA, redes de desarrollo tecnológico y paneles científicos encargados de determinar qué algoritmos son seguros reproduce la lógica de la planificación centralizada, ahora presentada bajo el lenguaje de la seguridad.

Además, conviene recordar qué es la inteligencia artificial: una herramienta de producción, no una criatura de ciencia ficción con voluntad propia. Como cualquier tecnología, su utilidad depende de cómo se emplea. El peligro no reside únicamente en las máquinas, sino también en la autoridad de quienes deciden cómo utilizarlas. Frente a los controles burocráticos, la experimentación empresarial permite probar soluciones, asumir errores y corregirlos.

La historia ofrece motivos para desconfiar del poder estatal. Las revelaciones de Edward Snowden mostraron hasta dónde puede llegar la vigilancia gubernamental. Una vez que el Estado construye una infraestructura para observar, clasificar y predecir el comportamiento de sus ciudadanos, difícilmente renuncia a ella.

La IA amplía considerablemente esas capacidades. Según el análisis citado por el Instituto Mises, organismos estadounidenses financiaron investigaciones fundamentales sobre redes neuronales, mientras empresas como Palantir y Anthropic desarrollan herramientas utilizadas por agencias de defensa e inteligencia. La misma tecnología que promete facilitar la vida cotidiana también puede fortalecer los mecanismos de vigilancia.

Murray Rothbard advirtió que el Estado suele esconder la acumulación de poder detrás de un inocente «nosotros». Las salvaguardias internacionales, administradas por burocracias permanentes sin accionistas ni mecanismos efectivos de salida, podrían terminar limitando libertades en nombre de la protección colectiva. La planificación centralizada sigue siendo planificación centralizada, aunque disponga de mejores herramientas tecnológicas.

El historial de los organismos internacionales tampoco inspira confianza. La Organización Mundial de la Salud recibió críticas por sus deficiencias durante la pandemia y por sus problemas estructurales. La ONU, por su parte, enfrenta dificultades para resolver conflictos y administrar sus propias operaciones. ¿Por qué confiarle entonces la supervisión de una tecnología que evoluciona semana a semana?

La desigualdad tecnológica agrava la contradicción. Muchos países reclaman soberanía sobre la IA sin contar con centros de datos, capacidad de procesamiento, patentes o inversiones suficientes para desarrollarla. Exigir participación en la regulación de una industria que no se controla no equivale a construir soberanía tecnológica.

El lenguaje de la emergencia —amenazas existenciales, descontrol y carreras hacia el abismo— también merece atención. Las crisis suelen utilizarse para justificar medidas que, en circunstancias normales, encontrarían mayor resistencia. Así, la carga de la prueba se invierte: el innovador debe justificar su libertad para crear, mientras el regulador rara vez explica por qué debería tener autoridad para prohibir.

Nada de esto significa que la IA carezca de riesgos. Significa que los mercados, los emprendedores, los inversores y los usuarios deben participar en el descubrimiento de soluciones mediante la experimentación y la corrección de errores.

Durante el último siglo, los gobiernos han causado graves daños a las libertades de sus ciudadanos. La IA no inventó el poder estatal, pero puede multiplicarlo. La ventaja del mercado no consiste en que los empresarios nunca se equivoquen, sino en que pueden hacerlo, corregirse y competir sin imponer sus decisiones a toda la sociedad.

La pregunta, por tanto, no es si la IA necesita vigilancia, sino quién vigilará a quienes pretenden controlarla.

Jabulani Chibaya - Instituto Mises