China aspira a liderar el orden global como la gran potencia del siglo XXI, pero la dictadura que la gobierna reacciona ante el mundo con la inmadurez de una vulgar república bananera tercermundista. Bastó que Kylian Mbappé calificara de "dictador" a Mao Tse-tung al referirse a un meme para que el régimen de Xi Jinping desatara una pataleta desproporcionada. Con un matonismo impropio de una superpotencia, Beijing ordenó censurar partidos de LaLiga, cancelar contratos millonarios y borrar la imagen del jugador. La humillante rendición de los dirigentes del fútbol español, prestos a disculparse para proteger sus negocios, solo dejó en evidencia la verdadera naturaleza del gigante asiático: una autocracia incapaz de tolerar la más mínima libertad de expresión. Al perseguir un simple chiste con el rigor de la inquisición, el Partido Comunista Chino demuestra que tras su impecable fachada económica y tecnológica no habita un líder internacional maduro, sino una tiranía acomplejada que usa el chancho financiero para imponer el miedo.