Doña Lindu, madre de Lula o Lulinha, como le decía, sacó adelante a sus ocho hijos desde una choza, luego de abandonar a un marido abusivo, bajo un principio que les inculcó a todos: nunca te rindas. Y así lo hizo. En estas últimas elecciones en Brasil, Lula logró amarrar su cuarto mandato presidencial, marcar un hito político al superar los 64 millones de votos, batir un récord histórico de apoyo electoral y hundir al bolsonarismo en el cajón de los perdedores.
Brasil es calificado como un país continente, con casi 9
millones de kilómetros cuadrados, lo que lo ubica como el quinto país más
grande del mundo. Tiene una población superior a los 214 millones de habitantes
y un PIB (producto interno bruto) de más de dos billones de dólares, que lo
sitúa entre las diez economías más poderosas del planeta.
Esa es la nación que Lula gobernará por cuarta vez y que
ahora lo apaña y lo legitima como un líder de talla mundial. Es el único
sobreviviente del Foro de São Paulo y del Grupo de Puebla, que agruparon a
personajes políticos manchados por la corrupción, como los Kirchner, Chávez,
Maduro, Correa, Ortega, los hermanos Castro, Morales y una ristra de
gobernantes que destruyeron economías y democracias en la región.
Su lectura y olfato político son sorprendentes. Este nuevo
nacimiento de Luiz Inácio Lula da Silva, de 81 años, nacido en Garanhuns, en el
estado de Pernambuco, agiganta, con esta victoria electoral, su legado como
líder del Partido de los Trabajadores (PT), tras seis décadas de ejercicio
político continuo: la política es su proteína. En cada foro se ufana de haber
sacado a millones de brasileños de la pobreza y ahora, pletórico, jura que
liderará el mejor gobierno de la historia política de Brasil.
Nadie duda de que Lula demostró una capacidad de resiliencia
descomunal, que le impidió rendirse ante las peores adversidades, como la
cárcel —fue acusado de formar parte de la mayor red de corrupción conocida como
Lava Jato, lo que le significó estar 580 días detenido—, haber superado tres
derrotas electorales que precedieron a su histórica llegada al poder a
principios de siglo y, además, luchar contra un cáncer cutáneo, razón por la
cual usa un sombrero. Se recompuso de todo y no defraudó a Doña Lindu al
movilizar a la izquierda latinoamericana durante muchos años. Claro que ahora,
hábil como siempre, dice ubicarse en el centro del espectro político y, desde
allí, asegura que buscará alianzas y acuerdos que le permitan gobernar, frente
a un bolsonarismo herido, rabioso y con muchas ganas de venganza.
Pocos demócratas han gobernado tanto tiempo en Brasil. Suma
ahora cuatro mandatos en un país tan complejo y diverso, con más de 214
millones de habitantes. Entre los gobernantes brasileños, solo el emperador
Pedro II y Getúlio Vargas ostentaron el poder durante más tiempo que Lula. Ese
es su legado.
Dejó la fábrica metalúrgica —en la que perdió el meñique
izquierdo a los 17 años— para luchar desde el sindicato por los derechos de los
trabajadores. Con una visión propia, Lula fundó el PT en 1980, al constatar que
en el Congreso no había obreros ni nadie que defendiera los derechos de las
masas que levantaban la economía. Ahí empezó su historia casi revolucionaria,
al «incluir a los pobres en el presupuesto» de la nación.
Y luego está su legendario encanto personal, que le ha
permitido congeniar con un mandatario tan agresivo y torpe como Donald Trump,
quien le declaró una guerra de aranceles. Quienes lo conocen aseguran que es
muy hábil, incluso con aquellos a quienes no les cae bien; basta una breve
reunión para que cambien de opinión. No solo habla con una voz pausada y suave,
sino también con el cuerpo: es muy afectuoso y un experto en comunicación
mímico-gestual.
Mira a los ojos a su interlocutor, sea un mandatario o
alguien sin techo, un agricultor o el CEO de una multinacional. En contra de
todo protocolo, le toca el brazo y lo llama «companheiro». Adora romper el
hielo en ambientes más encorsetados con bromas o anécdotas de fútbol. Es hincha
del Corinthians, el equipo del gran mundialista Sócrates Brasileiro y de la
Democracia Corintiana, un movimiento surgido durante la dictadura que hoy
resultaría impensable.
Janja da Silva, socióloga y militante del PT, es su tercera
esposa y supervisa con mano firme sus rutinas. Es la guardiana férrea que cuida
que coma bien, descanse y cumpla con su rutina diaria de ejercicio físico,
práctica que adoptó en la cárcel y que, cada vez que puede, recomienda a todos
los brasileños incorporar a sus vidas, siguiendo el élan vital de su madre: no
rendirse jamás.
Cada mañana, antes de ir a su despacho, hace pesas y camina
a buen ritmo en el gimnasio, bajo la mirada atenta de su esposa y de su
fotógrafo personal, quienes convierten esas sesiones en vídeos de apariencia
informal que forman parte de una cuidada estrategia de imagen personal. Esta
proyecta un retrato activo y juvenil del mandatario, quien cumplirá 80 años.
Esa es una de las razones por las que su edad no fue motivo de campaña en su
contra.
Quizás por eso, y arropado siempre por su adorada Lindu, en todos sus mítines bromea, desenfadado, diciendo que tiene un pacto con Dios para vivir 120 años. Ese es Lula, el animal político más grande de Latinoamérica.