El populismo de izquierda opera bajo una premisa fundamental: jamás erradicar los problemas que promete solucionar. Si un gobierno asistencialista erradica la pobreza, erradica también su mercado electoral. La izquierda no busca soluciones definitivas; requiere perpetuar el estado de vulnerabilidad para ofrecerse eternamente como el único salvador posible. Bajo esta lógica, la necesidad social se transforma en la principal herramienta de control político.
La trayectoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil es el mejor ejemplo de esta estrategia. Desde las campañas presidenciales de la década de 1990 y el programa Fome Zero (Hambre Cero) a inicios de los años 2000, la erradicación del hambre fue la gran promesa de su proyecto. Dos décadas y tres mandatos completos después, el país vuelve a escuchar el mismo discurso. Para la izquierda, resolver el problema estructural significaría desmantelar la red de dependencia estatal que sostiene su base de votantes.
La redistribución estatal no genera riqueza real ni independencia individual, sino una subordinación crónica. Al enfocar el aparato público en subsidios y transferencias directas en lugar de incentivar la inversión privada, el libre mercado y la creación de empleo genuino, el Estado asfixia el dinamismo económico con impuestos y burocracia. De este modo, las personas quedan atrapadas en una trampa de subsidios donde prosperar por cuenta propia resulta más difícil que depender del cheque estatal. Para la retórica izquierdista, este estancamiento no es un fallo del sistema, sino un éxito de diseño: garantiza una masa de ciudadanos cuya subsistencia diaria depende de la continuidad del partido en el poder.
¿Es la cuarta la vencida? Lula gobierna un país invisible, fragmentado en sus datos socioeconómicos reales y profundamente polarizado en sus instituciones y en sus calles. Sin embargo, Brasil se mantiene en pie a diferencia de otros experimentos del llamado «Socialismo del Siglo XXI», cuyas políticas radicales y desastrosas terminaron por colapsar sus economías y abrirle la puerta al retorno de la derecha—, Lula no es un dogmático ingenuo.
Lula fue cómplice silencioso y observador pragmático del colapso de los regímenes vecinos. Comprendió a tiempo que para mantener el modelo asistencialista se requiere un motor económico funcional que lo financie. Mientras la retórica internacional del Partido de los Trabajadores se alineaba con la izquierda continental, la gestión interna cuidó de no destruir la base agroindustrial ni el sistema financiero brasileño. No por convicción liberal, sino por mero pragmatismo: para redistribuir riqueza e imprimir ilusión, primero hay que permitir que el mercado la genere.
El cuarto mandato no traerá reformas de fondo.
Mantener el equilibrio entre la ortodoxia económica indispensable y el relato
asistencialista es la fórmula para conservar el poder sin caer en el abismo. La
tragedia del modelo no radica en su fracaso económico total, sino en su
efectividad para perpetuar el ciclo de la ilusión.
El cuarto mandato de Lula no traerá reformas de fondo. Mantener el equilibrio entre la ortodoxia económica indispensable y el relato asistencialista es la fórmula para conservar el poder sin caer en el abismo. La tragedia del modelo no radica en su fracaso económico total, sino en su efectividad para perpetuar el ciclo de la ilusión.