Durante siglos, tiranos, dictadores, demagogos y estatistas nos han metido en la cabeza una idea engañosa: un país es grande cuando tiene un territorio grande, muchas fronteras, millones de habitantes y un Estado capaz de imponer su autoridad hasta el último rincón. El mapa se convirtió en símbolo de poder. Cuanto más grande el territorio, más grande la nación. La realidad demuestra exactamente lo contrario: el tamaño sí importa, pero mientras más chico, mejor.
Un país enorme no garantiza riqueza, desarrollo
ni bienestar. Puede tener petróleo, minerales, bosques, tierras fértiles y
millones de habitantes y, aun así, producir pobreza, corrupción y atraso.
Venezuela, Rusia, la República Democrática del Congo, Sudán, Argentina o Brasil muestran, cada uno a su manera,
que la abundancia territorial no inmuniza contra el fracaso. El territorio es
un recurso; no es un modelo de desarrollo.
El problema es que el territorio grande suele
venir acompañado de Estado grande, centralista y omnipresente. Desde una
capital se decide qué producir, cuánto pagar, qué impuestos cobrar, qué caminos
construir, qué regiones recibirán recursos y hasta cómo deben vivir ciudadanos
que se encuentran a cientos o miles de kilómetros. Así, los que pierden son los
más pobres, los municipios pequeños y las regiones alejadas del poder.
Liechtenstein, un país de 160 kilómetros
cuadrados y uno de los ingresos per cápita más altos del mundo, lleva esta
lógica hasta el extremo: su Constitución reconoce a sus municipios la
posibilidad de iniciar un proceso de secesión. Ninguno lo ha hecho, pero la
existencia de esa puerta de salida constituye un límite formidable al poder
central: si una mayoría sabe que una minoría puede marcharse, tendrá mayores
incentivos para tratarla con respeto.
Liechtenstein no es el único caso. Mónaco,
Luxemburgo, Suiza o Singapur destacan por altos ingresos porque compiten
internacionalmente por capital y talento, lo que los obliga a ofrecer bajos
impuestos, seguridad y buenas condiciones para vivir y producir.
Estados Unidos y Canadá podrían parecer
excepciones al argumento. Son países gigantescos. Pero precisamente por eso
resultan ejemplos útiles: su extensión territorial está acompañada por una
estructura federal que distribuye considerablemente el poder entre estados, provincias,
municipios y gobiernos locales. Texas no es California; Alberta no es Quebec.
Compiten por inversiones, empresas, trabajadores y talento. No es el tamaño del
territorio lo que explica su fortaleza, sino la manera en que está distribuido
el poder.
La descentralización favorece especialmente a
los pequeños. Una región pobre no debería depender de la benevolencia de una
burocracia instalada en la capital. Necesita capacidad para decidir,
administrar sus recursos, atraer inversiones y construir sus propias
soluciones.
Al final, un país no debería medirse por
cuántos kilómetros cuadrados aparecen coloreados en un mapa, sino por cuánta
libertad, seguridad, prosperidad y dignidad disfrutan quienes viven dentro de
él.
La descentralización favorece especialmente a los pequeños. Una región pobre no debería depender de la benevolencia de una burocracia instalada en la capital. Necesita capacidad para decidir, administrar sus recursos, atraer inversiones y construir sus propias soluciones.