Resulta irónico ver cómo las autoridades cruceñas se enfrascan en discusiones sobre cuántos miles de policías faltan en las calles, mientras la ciudadanía observa con absoluto escepticismo. Aclaremos desde el principio: no es la población la que exige a gritos más uniformados en cada esquina; son los funcionarios los que insisten en la falacia cuantitativa.
Es una broma de mal gusto exigir un incremento de efectivos cuando todos conocemos la calaña de policía que tenemos en Bolivia: una institución carcomida por la desconfianza pública y relegada, junto a la administración de justicia, a los últimos peldaños de credibilidad por denuncias de extorsión, abusos y falta de escrúpulos.
Históricamente, la Policía Boliviana ha arrastrado deficiencias estructurales, pero en la actualidad la crisis alcanza niveles alarmantes. La percepción generalizada no es solo de ineficiencia, sino de franca complicidad. La institución se encuentra envuelta en graves sospechas de vinculación con el narcotráfico, filtración de información y amparo a organizaciones criminales. ¿De qué sirve llenar las avenidas con miles de policías si el ciudadano común percibe que muchos de ellos terminan sirviendo al poder de turno (que está bajo sospecha) y a los intereses de las mafias, en lugar de velar por la seguridad del pueblo?
El Gobierno anuncia con bombos y platillos la creación de unidades de “súper élite” y contingentes especiales para combatir el crimen organizado en Santa Cruz y Beni. Sin embargo, el problema de la inseguridad no se resuelve sumando uniformados, tecnología ni equipamientos sofisticados. No necesitamos un ejército de policías convertidos en "Rambos" entrenados para la guerra si la estructura interna permanece podrida. Un policía corrupto, por muy bien armado y entrenado que esté, solo representa un peligro mayor para la sociedad, pues termina trabajando para el enemigo.
Lo que Bolivia necesita con urgencia son policías limpios, honestos y comprometidos. Queremos agentes que no actúen como soplones de los narcos, que no filtren operativos, que no acudan a las mansiones de los cabecillas para arrasar con todo en oscuros "volteos" y que no vean el uniforme como una licencia para la extorsión cotidiana. Estos señalamientos y denuncias sobre redes de protección no son meras especulaciones urbanas; surgen de los propios escándalos institucionales y de ex autoridades que abandonaron sus cargos denunciando irregularidades que jamás fueron aclaradas con la transparencia debida.
A lo largo de las últimas décadas, la democracia boliviana ha visto frenado su avance debido a la opacidad institucional, y en este ámbito la policía muestra un rezago profundo. Se han anunciado incontables planes de reestructuración y promesas de depuración que han quedado en el tintero.
La verdadera seguridad no depende del número de patrullas ni del calibre de las armas, sino de la integridad de quien lleva el uniforme. La seguridad comienza, indefectiblemente, con la honestidad.
Lo que Bolivia necesita con urgencia son policías limpios, honestos y comprometidos. Queremos agentes que no actúen como soplones de los narcos, que no filtren operativos, que no acudan a las mansiones de los cabecillas para arrasar con todo en oscuros "volteos".