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Esparta y Ucrania

Esparta y Ucrania
Oscar Antezana Malpartida | Columnista
| 2026-10-23 07:16:52

Hace 2.500 años, los griegos derrotaron al imperio más poderoso de su época. Después cometieron un error monumental: comenzaron a destruirse entre ellos. Sus rivalidades los debilitaron hasta perder su independencia. Hoy, mientras Estados Unidos presiona a Ucrania, se distancia de Europa y busca entendimientos con Putin, aquella tragedia cobra inquietante actualidad.

El 7 de octubre, frente a la Acrópolis de Atenas, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, exaltó las virtudes de la antigua Grecia: valentía, ambición, sacrificio y grandeza. Aseguró que Trump estaba recuperando esos valores y que Europa debía seguir su ejemplo. Recordó a los legendarios 300 espartanos que, en 480 a. C., resistieron en las Termópilas al gigantesco ejército persa. Finalmente, rodeados, muchos murieron combatiendo.

Trasladémonos a febrero de 2022. Las tropas rusas avanzaban hacia Kiev y muchos anticipaban su caída en cuestión de días. Al presidente Volodímir Zelenski le ofrecieron ayuda para abandonar el país. Se negó. Soldados, reservistas y ciudadanos organizaron una resistencia inesperada. Kiev sobrevivió. Si existen espartanos modernos, son los ucranianos.

La ironía es extraordinaria: Rubio glorifica a quienes prefirieron morir antes que rendirse, mientras Trump presiona a quienes hoy defienden su independencia. Washington ha flexibilizado sanciones sobre el diésel ruso, postergado nuevas medidas económicas contra Moscú y cuestionado ataques ucranianos contra refinerías rusas, mientras Putin continúa bombardeando instalaciones energéticas de Ucrania.

Trump busca terminar la guerra y contener los precios energéticos. Son objetivos legítimos, pero surge una pregunta incómoda: ¿por qué presiona al país invadido mientras reduce la presión económica sobre el invasor? Ucrania acepta negociar, pero exige garantías de seguridad para evitar que una tregua sea apenas la pausa previa a otra invasión.

Hay otra lección histórica: los espartanos perdieron en las Termópilas. Grecia derrotó posteriormente a Persia porque sus ciudades se unieron. El heroísmo fue indispensable, pero las alianzas hicieron posible la victoria.

La segunda lección proviene de Atenas, cuna de la democracia. En 416 a. C., exigió que la pequeña isla neutral de Melos aceptara su dominio. Sus habitantes apelaron a la justicia y la independencia. La respuesta ateniense, recogida por Tucídides, fue brutal: los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Atenas conquistó la isla, ejecutó a los varones adultos y esclavizó a mujeres y niños. ¡La cuna de la democracia actuaba como un imperio despiadado!

¿Resulta familiar? Trump reclama Groenlandia, presiona a Europa y recuerda a Ucrania su dependencia de Washington. Europa debe asumir mayores responsabilidades militares, pero exigir compromisos no equivale a imponer obediencia. Atenas confundió superioridad militar con sabiduría estratégica. Su arrogancia contribuyó a debilitar su imperio.

En 431 a. C. estalló la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta. Durante casi 30 años, ambas destruyeron ciudades, economías y alianzas. Esparta venció, pero las rivalidades persistieron. Décadas después, Macedonia aprovechó la fragmentación griega para imponer su dominio. Unidos, los griegos derrotaron a Persia; divididos, terminaron sometidos por otro poder.

Durante ocho décadas, Estados Unidos y Europa construyeron una alianza extraordinaria. La OTAN contuvo la expansión soviética y la cooperación transatlántica impulsó la prosperidad y la innovación. La grandeza estadounidense no descansó únicamente en sus armas, dólares o tecnología, sino también en la confianza de sus aliados.

Hoy esa confianza se erosiona. Las divisiones europeas sobre Rusia y el apoyo a Ucrania revelan una fractura que beneficia a China. Pekín no necesita derrotar militarmente a Washington: cada fisura occidental amplía sus oportunidades estratégicas. El ascenso chino no es inevitable, pero Trump podría estar regalándole ventajas que difícilmente conseguiría por sí solo.

Rubio viajó a Atenas buscando las raíces de la grandeza occidental. Encontró el heroísmo de Esparta y la ambición de Atenas, pero olvidó la advertencia más importante: Occidente podría perder su liderazgo mundial no porque China consiga derrotarlo, sino porque sus propios dirigentes terminen destruyéndolo desde dentro.

Oscar Antezana Malpartida | Columnista