Hace 2.500 años, los griegos derrotaron al imperio más poderoso de su época. Después cometieron un error monumental: comenzaron a destruirse entre ellos. Sus rivalidades los debilitaron hasta perder su independencia. Hoy, mientras Estados Unidos presiona a Ucrania, se distancia de Europa y busca entendimientos con Putin, aquella tragedia cobra inquietante actualidad.
El 7 de octubre, frente a la Acrópolis de Atenas, el
secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, exaltó las virtudes de la
antigua Grecia: valentía, ambición, sacrificio y grandeza. Aseguró que Trump
estaba recuperando esos valores y que Europa debía seguir su ejemplo. Recordó a
los legendarios 300 espartanos que, en 480 a. C., resistieron en las Termópilas
al gigantesco ejército persa. Finalmente, rodeados, muchos murieron
combatiendo.
Trasladémonos a febrero de 2022. Las tropas rusas avanzaban
hacia Kiev y muchos anticipaban su caída en cuestión de días. Al presidente
Volodímir Zelenski le ofrecieron ayuda para abandonar el país. Se negó.
Soldados, reservistas y ciudadanos organizaron una resistencia inesperada. Kiev
sobrevivió. Si existen espartanos modernos, son los ucranianos.
La ironía es extraordinaria: Rubio glorifica a quienes
prefirieron morir antes que rendirse, mientras Trump presiona a quienes hoy
defienden su independencia. Washington ha flexibilizado sanciones sobre el
diésel ruso, postergado nuevas medidas económicas contra Moscú y cuestionado
ataques ucranianos contra refinerías rusas, mientras Putin continúa
bombardeando instalaciones energéticas de Ucrania.
Trump busca terminar la guerra y contener los precios
energéticos. Son objetivos legítimos, pero surge una pregunta incómoda: ¿por
qué presiona al país invadido mientras reduce la presión económica sobre el
invasor? Ucrania acepta negociar, pero exige garantías de seguridad para evitar
que una tregua sea apenas la pausa previa a otra invasión.
Hay otra lección histórica: los espartanos perdieron en las
Termópilas. Grecia derrotó posteriormente a Persia porque sus ciudades se
unieron. El heroísmo fue indispensable, pero las alianzas hicieron posible la
victoria.
La segunda lección proviene de Atenas, cuna de la
democracia. En 416 a. C., exigió que la pequeña isla neutral de Melos aceptara
su dominio. Sus habitantes apelaron a la justicia y la independencia. La
respuesta ateniense, recogida por Tucídides, fue brutal: los fuertes hacen lo
que pueden y los débiles sufren lo que deben. Atenas conquistó la isla, ejecutó
a los varones adultos y esclavizó a mujeres y niños. ¡La cuna de la democracia
actuaba como un imperio despiadado!
¿Resulta familiar? Trump reclama Groenlandia, presiona a
Europa y recuerda a Ucrania su dependencia de Washington. Europa debe asumir
mayores responsabilidades militares, pero exigir compromisos no equivale a
imponer obediencia. Atenas confundió superioridad militar con sabiduría
estratégica. Su arrogancia contribuyó a debilitar su imperio.
En 431 a. C. estalló la guerra del Peloponeso entre Atenas y
Esparta. Durante casi 30 años, ambas destruyeron ciudades, economías y
alianzas. Esparta venció, pero las rivalidades persistieron. Décadas después,
Macedonia aprovechó la fragmentación griega para imponer su dominio. Unidos,
los griegos derrotaron a Persia; divididos, terminaron sometidos por otro
poder.
Durante ocho décadas, Estados Unidos y Europa construyeron
una alianza extraordinaria. La OTAN contuvo la expansión soviética y la
cooperación transatlántica impulsó la prosperidad y la innovación. La grandeza
estadounidense no descansó únicamente en sus armas, dólares o tecnología, sino
también en la confianza de sus aliados.
Hoy esa confianza se erosiona. Las divisiones europeas sobre
Rusia y el apoyo a Ucrania revelan una fractura que beneficia a China. Pekín no
necesita derrotar militarmente a Washington: cada fisura occidental amplía sus
oportunidades estratégicas. El ascenso chino no es inevitable, pero Trump
podría estar regalándole ventajas que difícilmente conseguiría por sí solo.
Rubio viajó a Atenas buscando las raíces de la grandeza occidental. Encontró el heroísmo de Esparta y la ambición de Atenas, pero olvidó la advertencia más importante: Occidente podría perder su liderazgo mundial no porque China consiga derrotarlo, sino porque sus propios dirigentes terminen destruyéndolo desde dentro.