«Yo les digo: Amen a sus enemigos» (Mateo 5,44).
A inicios de este mes apareció en la prensa
internacional una noticia espeluznante: «Un ataque ruso contra dos autobuses de
pasajeros dejó al menos 30 muertos y 18 heridos en Ucrania». Debería ser obvio
para cualquier persona de bien que Putin es el villano cruel de esta guerra
genocida, ya que, desde el inicio, se ha dedicado a atacar sistemáticamente a
la población civil de Ucrania. Este gran dictador es también responsable de
sacrificar la vida de entre 325.000 y 450.000 soldados rusos y mercenarios, además
de causar la muerte de entre 125.000 y 150.000 soldados ucranianos y de miles
de civiles.
Mediante nuestra agropecuaria industrial,
damos existencia a miles de animales para luego convertirlos en hamburguesas y
churrascos. El ganado no sabe por qué existe ni conoce su destino. En cambio,
la guerra lleva de forma deliberada y consciente a los seres humanos al
matadero a gran escala para alcanzar un fin político que, típicamente, no es
más que robar tierras, recursos y vidas. Tildamos de «enemigos» a quienes
matamos para negar su humanidad y justificar la carnicería.
«Si matas a unos pocos, te llaman asesino. Si
matas a un millón, eres un conquistador», decía el cínico Eric Qualen
(interpretado por John Lithgow) en la película Cliffhanger (Riesgo total). Este
despiadado criminal mata incluso a su propia amante, la piloto Kristel
(Caroline Goodall), diciéndole: «¿Sabes lo que es el verdadero amor, Kristel?…
Sacrificio». Aunque se trata de una película de acción protagonizada por
Sylvester Stallone, la escena demuestra la escalofriante maldad de quienes
sacrifican la vida de otros para alcanzar sus objetivos. Su actitud y su manera
de actuar son iguales a las de los narcoterroristas. La única diferencia con
personajes como Putin es la escala; pero no son conquistadores, sino genocidas.
Irónicamente, esa frase del ficticio Qualen
fue formulada por un obispo de Inglaterra, Beilby Porteus (1731-1809), en su
poema titulado Death (La muerte), para denunciar la hipocresía de castigar con
la pena capital al criminal individual mientras se glorifican las masacres de
las batallas bélicas. «Un asesinato hace a un villano; millones, a un héroe».
El concepto fue profundizado en la literatura por León Tolstói en su gran obra Guerra
y paz y en el cine por Charlie Chaplin en películas como El gran dictador
(1940) y Monsieur Verdoux (1947), provocando la ira no solo de los gobiernos
totalitarios, sino también de los Estados Unidos.
«Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más
que maquinaria, necesitamos humanidad. Más que inteligencia, necesitamos
amabilidad y cortesía. Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo se
perderá» (Charlie Chaplin, El gran dictador).
Los grandes dictadores apelan a la «seguridad
nacional». ¿Cómo pueden llamar «seguridad» al sacrificio de millones de vidas
propias y ajenas en guerras genocidas como las de Ucrania, Gaza e Irán?
«En el amor y en la guerra todo se vale». Es
otra expresión cínica de quienes carecen de moral. Acuñada por Francis Edward
Smedley en 1850, en su novela Frank Fairlegh, pretende equiparar la batalla
militar con la conquista romántica. Pero, con esta mentalidad, se confunde el
«amor» con el apetito, porque se termina sacrificando al propio ser amado, como
hace Qualen con Kristel o como hicieron personajes históricos como Herodes el
Grande, al ejecutar a su esposa Mariamna, y el rey Enrique VIII, al ordenar la
ejecución de sus segundas y quintas esposas, Ana Bolena y Catalina Howard. No
tenían la menor idea de lo que son el amor ni la justicia. Confunden la
«seguridad nacional» con el poder personal. Son asesinos en la intimidad y
asesinos a escala, en ambos casos con absoluta frialdad.
«El que es fiel en lo poco, también es fiel en
lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho»
(Lc 16,10). Esta observación de Jesús sobre el dinero vale aún más para el don
más precioso: la vida. Quien quita una vida jamás puede devolverla. Se hace
enemigo de la humanidad y de sí mismo.
«Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu
prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen
por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque
él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e
injustos» (Mt 5,43-45). Es, ciertamente, el mayor desafío planteado por
Jesucristo.
¿Cómo amar a un enemigo que asesina con la
misma frialdad tanto en la intimidad como a gran escala?
Jesús, Dios hecho hombre, optó por
sacrificarse a sí mismo. Se convirtió en el blanco de toda la maldad humana,
desde Adán y Eva hasta nuestros días, para devolvernos el perdón, el amor y la
esperanza de encontrar un camino mejor, al que llamó «el Reino de Dios».
¿Somos realmente cristianos? ¿Somos discípulos
de Jesús o enemigos de Dios?
Querido lector, que Dios te bendiga.