Quienes hoy marchan por las calles de París, incendian barricadas y exigen a gritos más subsidios, más gasto público y privilegios laborales insostenibles, no son en realidad los más destructivos. Estos pirómanos llegan casi a lo último de la quemazón, iniciada hace décadas por gobernantes con notables credenciales, linaje de abolengo y larga trayectoria dentro acartonada tradición europea.
Los actuales incendiarios ni siquiera son más agresivos que los tradicionales destructores de la economía del viejo mundo, donde el incendio empezó hace mucho tiempo, al extremo de dejar estados en ruinas, a los que ya no se les puede exigir más, algo que explica las rabietas de los nuevos “revolucionarios”.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial,
se instaló en Europa, la narrativa que intenta
convencer a los ciudadanos de que el "Estado del bienestar" es un pozo sin fondo y que cualquier atisbo de disciplina fiscal es una agresión "neoliberal". La realidad es trágicamente la contraria. Francia no sufre por exceso de mercado, sino por ahogamiento estatista. Con un gasto público que devora más del 57% de la economía, déficit presupuestario continuo desde hace medio siglo y una deuda galopante que roza niveles récord, el país no es una víctima del capitalismo, sino el paciente más grave del hiperestatismo europeo.
Pero el fenómeno no es exclusivamente francés. Europa entera asiste a la mayor quemazón de la estructura económica de un continente en la historia moderna. De sur a norte, los gobiernos de la Unión Europea han construido un modelo fundamentado en la ilusión de la gratuidad, financiado a través de impuestos confiscatorios sobre el trabajo y de una emisión ininterrumpida de deuda pública que estrangula a las futuras generaciones. Se expulsa al capital privado, se castiga al emprendedor, se asfixia a la industria con regulaciones asfixiantes y se premia la dependencia del cheque estatal.
En este escenario, las huelgas y las revueltas callejeras de los sectores protegidos que exigen "más beneficios" son solo el humo tardío de una hoguera que consume el capital acumulado durante generaciones. Si estos sectores que rayan en el terrorismo, logran salirse con la suya y paralizar cualquier intento de reforma, no cambiará el destino final. No hará ninguna diferencia porque no queda madera seca que quemar. Un sistema dondemenos de la mitad de la población activa sostiene al resto mediante la transferencia forzosa de riqueza es, por definición, un modelo piramidal condenado a la quiebra.
Europa camina con paso firme hacia su propia destrucción económica, relegándose a la irrelevancia frente a las potencias globales que sí entienden el valor de la libertad, la productividad y la innovación. Se ha cambiado la prosperidad real por una fantasía asistencialista que se desmorona en cuanto los mercados dicen "basta".
Frente a este paisaje devastado, el diagnóstico es evidente y la medicina no admite pausas: la única solución para que Europa no quede sepultada bajo las cenizas de su propia irresponsabilidad fiscal es que sus gobernantes dejen de ser los pirómanos.
Un sistema donde menos de la mitad de la población activa sostiene al resto mediante la transferencia forzosa de riqueza es, por definición, un modelo piramidal condenado a la quiebra.