Dios te bendiga

Preciosa madera

Preciosa madera
Mons. Roberto Flock | Columnista
| 2026-10-16 00:13:25

«Envíame también madera de cedro, de ciprés y de sándalo del Líbano, porque sé que tus servidores saben talar los árboles del Líbano» (II Crónicas 2,7).

¿Cómo iluminar, desde la fe y la Palabra de Dios, el tema de la preciosa madera incautada y quemada en Chile a causa de una falsa denuncia que afirmaba que estaba impregnada de droga?

Salomón quería maderas preciosas para la construcción del Templo de Jerusalén, casi mil años antes de Cristo. En nuestros tiempos, para la reparación del techo incendiado de la catedral de Notre Dame de París, se talaron aproximadamente 2.000 árboles de roble francés. Cuando se reconstruyó la catedral de San Ignacio de Velasco, se tuvieron que cortar unos 10 árboles de soto (Schinopsis brasiliensis) para cada una de sus 18 enormes columnas interiores, además de muchos otros para las exteriores. Si tuviéramos que hacer esto ahora, sería prácticamente imposible, porque ya no existen suficientes árboles de tamaño adecuado para este fin. En Francia hay un mejor manejo de los bosques que en Bolivia, y los árboles cortados serán reemplazados, aunque esto requiere tiempo. Quien corta un árbol debe plantar otro o, mejor aún, varios.

Me encanta toda clase de madera y lo que hacemos con ella: construcciones, muebles, juguetes y esculturas. De niño, quería ser carpintero, como san José y el mismo Jesús. Al ser ordenado sacerdote, mandé fabricar un cáliz de madera con una copa interior de oro y, actualmente, utilizo una cruz pectoral episcopal de madera morada. Fue diseñada por el presbítero Francisco Pará, oriundo de San Miguel de Velasco, y tallada allí. Es una cruz que se parece a los árboles que sobrevivieron a los incendios descontrolados en la Chiquitania. Cristo está crucificado no solo por las barbaridades que cometemos unos contra otros, sino también por el mortal pecado ecológico que hemos sufrido en estas tierras.

La Comisión Teológica Internacional del Vaticano publicó recientemente, el 21 de agosto de 2026, el documento «Cuidar nuestra casa común», que invita a una «respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario». El texto, aprobado por el papa León XIV, sostiene que el cuidado de la creación no es solo un tema político o ambiental, sino también un asunto de fe. Nuestra relación con la creación refleja nuestra relación con el Creador.

Volvamos al tema de la madera boliviana quemada en Chile. En junio de 2026, la Fiscalía Regional de Arica y Parinacota, en Chile, anunció con gran despliegue internacional la retención de más de 1.080 toneladas de maderas finas y densas de la Amazonía y el oriente boliviano, específicamente: morado (Machaerium scleroxylon), tajibo (Handroanthus) y almendrillo (Dipteryx odorata). Ausente de esta lista está la madera más preciosa, la mara (Swietenia macrophylla), porque su extracción legal en el pasado dejó muy pocos ejemplares de esta hermosa especie en los bosques de la Gran Chiquitania.

La denuncia chilena, como puede deducirse por sentido común, incluso sin grandes conocimientos científicos, es absurda, porque es imposible impregnar madera con droga. Si hubo residuos, fue porque los contenedores o las propias pruebas estaban contaminados. Lo más probable es que todo el asunto no haya sido más que una mentira para robar la madera o exigir coimas. Al reducir a cenizas esos tablones de soto, tajibo y morado, no solo se destruyó un patrimonio económico, sino que también se profanó una materia sagrada, como la madera que Hiram envió al Templo de Salomón (II Crónicas 2,7).

¿Qué debe exigir Bolivia a Chile frente a este atropello? Pienso que, en vez de un resarcimiento económico, que apenas alcanzaría entre 10 y 15 millones de dólares, se debería exigir a Chile la entrega a Bolivia de 1.080 toneladas de sus maderas más finas, aunque se trate de especies protegidas: roble pellín (Nothofagus obliqua), coigüe o coihue (Nothofagus dombeyi), raulí (Nothofagus alpina) y lenga (Nothofagus pumilio). Aunque estas «maderas nobles» no sean tan buenas ni tan «ultraduras» como las maderas bolivianas de la Chiquitania, podríamos darles un uso sagrado en las columnas salomónicas y en el arte sacro de nuestros templos y capillas.

Además, dado que se investigó a las 45 empresas bolivianas que exportan madera —seguramente porque algunos vieron una buena oportunidad para sacarles coimas—, la justicia boliviana debería investigar a estos funcionarios chilenos corruptos.

Pero, aún más importante, toda esta tragedia nos plantea otra pregunta urgente: ¿manejamos nuestros bosques de manera inteligente? ¿Es realmente sostenible el «Manejo Forestal Sostenible» de Bolivia? Este exige ciclos de rotación de entre 20 y 30 años. Sin embargo, los árboles que se están cortando necesitan entre 60 y 80 años para alcanzar su madurez comercial y, dependiendo de la especie, entre 100 y 200 años para llegar a su tamaño máximo. La extracción de los árboles más grandes constituye un atropello contra todo el ecosistema de la selva y crea grandes desequilibrios para el resto de la flora y la fauna. ¿Por qué nuestra Ley Forestal no obliga a las empresas madereras a plantar árboles y restaurar los bosques con mara y otras especies similares? ¿No sería mejor conservar nuestra madera preciosa en Bolivia para los bolivianos?

¿Qué importa que la madera sea talada y quemada en Chile cuando estamos quemando nuestros árboles en pie en Bolivia? Actualmente, presenciamos la deforestación masiva de los bosques del oriente boliviano, no solo para extraer madera, sino también para la agricultura y la actividad agropecuaria. Algunos dejan cordones ecológicos; otros, no. La ganadería conserva muchos bosques y suele favorecer la conservación de las cuencas de agua; la soya arrasa con todo. Bolivia necesita desarrollo, pero no a cualquier precio. Con la destrucción del bosque, quizás creamos estar promoviendo un desarrollo sostenible, pero es como intentar rehacer el cuerpo humano sin pulmones, asfixiándolo en cuerpo, corazón y alma. Debe ser posible un manejo forestal mejor.

El primer salmo nos dice: «¡Feliz el hombre que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche! Él es como un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido tiempo y cuyas hojas nunca se marchitan: todo lo que haga le saldrá bien».

Querido lector, ¡que Dios te bendiga!

Mons. Roberto Flock | Columnista