Tribuna

La mentalidad del mafioso

La mentalidad del mafioso
Ciro Añez Nuñez | Columnista
| 2026-10-15 06:44:14

El problema más grave de la corrupción surge cuando deja de ser censurada y se convierte en una forma de pensar socialmente aceptada. Esa es la mentalidad mafiosa: justificar la ilegalidad, despreciar la honestidad y creer que el dinero o la influencia pueden borrar cualquier responsabilidad.

Desde esa lógica, quien engaña, soborna, falsifica o se enriquece ilícitamente no se considera delincuente, sino astuto y exitoso. En cambio, quien cumple las normas parece ingenuo. Así, la trampa se disfraza de viveza y la deshonestidad pretende pasar por inteligencia. Lo importante sería conseguir resultados, sin importar los medios ni el daño causado. La justicia se percibe como un obstáculo que puede neutralizarse con dinero, contactos o presiones.

La impunidad alimenta esa percepción. Si una investigación fracasa por negligencia, deficiencias institucionales o corrupción, algunos interpretan el resultado como prueba de superioridad. Sin embargo, una denuncia no demuestra culpabilidad y una absolución debe respetarse. Del mismo modo, que un proceso no termine en condena no significa automáticamente que nada ocurrió. El Estado de derecho exige presunción de inocencia, debido proceso e investigaciones independientes y eficaces.

Cuando la justicia se percibe como comprable, las víctimas pierden la esperanza de obtener reparación, la confianza pública se deteriora y quienes cumplen la ley sienten que compiten en desventaja. La sociedad recibe un mensaje perverso: no importa hacer lo correcto, sino conseguir lo deseado y evitar las consecuencias.

Esta mentalidad prospera en una cultura que admira la riqueza sin preguntar por su origen y celebra el poder sin examinar cómo se obtuvo. No se trata de sospechar de quien prospera, pues el dinero puede provenir del trabajo y la inversión legítima, sino de comprender cómo se consigue. Ningún automóvil de lujo, residencia costosa o cargo acredita por sí mismo integridad ni calidad humana.

La familia es uno de los primeros espacios de aprendizaje ético. Los hijos observan más los actos que los discursos. Si un adulto predica honestidad, pero soborna para evitar una multa, celebra que se copie en un examen o justifica apropiarse de lo ajeno, enseña que las reglas solo se cumplen cuando convienen.

Por eso, la respuesta no puede limitarse a aumentar las penas, aprobar leyes o multiplicar campañas. Las sanciones son necesarias, pero la prevención exige coherencia. Falsificar documentos, engañar a un cliente o pagar un soborno no son muestras de viveza. También debemos redefinir el éxito: la valía de una persona no depende de la riqueza que exhibe. El esfuerzo, la responsabilidad, la honestidad y el cumplimiento de la palabra merecen reconocimiento.

La transformación cultural compromete a familias, escuelas, empresas, medios de comunicación e instituciones públicas. La ciudadanía debe exigir transparencia y denunciar responsablemente, sin condenar anticipadamente. Las instituciones, por su parte, deben garantizar controles efectivos, rendición de cuentas, consecuencias oportunas y protección para quienes denuncian.

Combatir la mentalidad mafiosa exige actuar sobre sus causas culturales y sus condiciones institucionales. Es necesario digitalizar los procedimientos públicos, automatizar alertas, realizar auditorías aleatorias, separar las funciones de decisión y fiscalización, proteger a los denunciantes y recuperar los activos ilícitos, siempre con respeto al debido proceso. Se necesitan convicciones personales y sistemas que reduzcan las oportunidades de corrupción para que delinquir no resulte más rentable que cumplir la ley.

Una sociedad demuestra que está cambiando cuando deja de admirar a quien evade sus responsabilidades y reconoce a quien actúa con rectitud, incluso cuando hacerlo supone una desventaja. Porque el problema más profundo no es solamente que existan delincuentes, sino que la impunidad llegue a convertirlos en modelos de éxito.

Ciro Añez Nuñez | Columnista