Enfoques

El crimen organizado florece en América Latina

El crimen organizado florece en América Latina
Javier Medrano | Periodista columnista
| 2026-10-15 06:46:02

El crimen organizado es un problema regional, no local. La epidemia de violencia es generalizada y su combate también debe ser regional y mancomunado. El narcotráfico se expande como nunca, mientras los carteles y las redes ilegales diversifican sus negocios, incrementan su poder de fuego y desafían a gobiernos e instituciones debilitados por la corrupción, la falta de recursos y la escasa preparación para enfrentarlos.

El tráfico de drogas ha creado una gigantesca maquinaria delictiva, de la que han surgido decenas de grupos criminales que operan bajo la lógica de la oferta y la demanda. Todos quieren su parte del negocio.

Bolivia parece haberse convertido en uno de los eslabones más débiles y contaminados de esta cadena. En una semana cayeron el fiscal general del Estado y una veintena de jueces y fiscales departamentales. Un sismo sin precedentes y, posiblemente, la antesala de una purga mucho más profunda. Estamos presenciando, azorados, apenas la punta de un iceberg cuya existencia era un secreto a voces.

Cuando una organización criminal cae, la que ocupa su lugar no empieza de cero: hereda rutas, contactos, mercados y funcionarios dispuestos a negociar. También busca conservar su nómina de protectores legales: fiscales, jueces, abogados y políticos. Es una red gigantesca de la que apenas conocemos algunas piezas.

Debemos entender que el crimen organizado latinoamericano no está compuesto por delincuentes aislados, sino por estructuras con nodos de poder, cuadros organizados y negocios ilegales que pasan de los grandes capos a sus sucesores, muchas veces después de una muerte violenta.

La cadena funciona mediante el desconocimiento mutuo. Quienes administran laboratorios de pasta base o cocaína cristalizada, instalados en la Amazonía, áreas protegidas o territorios controlados por sectores vinculados al narcotráfico, pueden no conocer al piloto que recoge la carga. Este tampoco necesariamente conoce al intermediario que la recibe ni al comprador final. Así, una sucesión de desconocidos integra el mismo engranaje: una economía clandestina que conecta pueblos y selvas con mercados de América Latina, Europa, Estados Unidos y Asia.

Aunque parezca paradójico, ese anonimato contribuye a mantener la red en funcionamiento. Carlos Lehder, uno de los fundadores del cartel de Medellín y primer colombiano extraditado a Estados Unidos en ese contexto, explica en sus memorias Vida y muerte del cartel de Medellín (Editorial Debate) dos reglas del negocio: todos intentarán robarte la droga o el dinero y todos querrán quedarse con tus rutas y contactos. La disputa es permanente.

En esa espiral estamos atrapados: grupos que se disputan mercancías, mercados, rutas, contactos y protección. De ahí las balaceras recurrentes, las zonas rojas y el desorden que dejó tras de sí Sebastián Marset, el narcotraficante uruguayo. Alrededor de estas organizaciones crecen grupos armados y redes informales que transportan mercancía por todo el territorio boliviano, mientras buscan nuevos negocios.

La pregunta es cuándo terminará todo esto. Se supone que bastaría capturar al pez gordo o ejecutar el operativo adecuado para desmantelar la organización. Pero la realidad es menos atractiva que una serie mexicana o colombiana: ningún país ha acabado por completo con el crimen organizado. Estados Unidos no eliminó su mafia histórica; Italia sigue enfrentando a la "Ndrangheta y México libra una lucha prolongada contra sus carteles.

En el mejor de los casos, los Estados consiguen limitar su radio de acción, impedir que capturen todas las instituciones, evitar que controlen territorios y reducir la violencia con la que imponen sus reglas. La operación policial masiva en Río de Janeiro evidencia la complejidad de estas estructuras, que involucran a jóvenes, adultos y familias enteras, dentro de redes donde el conocimiento y el desconocimiento mutuos conviven.

Así estamos: en un país donde las redes criminales penetran las instituciones y la sociedad, resulta cada vez más difícil distinguir quién participa en el negocio y quién permanece al margen.

Javier Medrano | Periodista columnista