Bisturí

La metamorfosis del país: del crisol republicano al laberinto “multipluri”

La metamorfosis del país: del crisol republicano al laberinto “multipluri”
Franklin E. Alcaraz Del C. | Periodista columnista
| 2026-10-15 06:41:00

Franz Kafka escribió una «metamorfosis» escalofriante: un individuo que un día despierta transformado en escarabajo y las vicisitudes que debe afrontar, especialmente con su familia, debido a esta mutación. No menos escalofriante es la transformación que padeció Bolivia por ser uno de los tres países productores de hoja de coca y… de cocaína.

La mutación institucional de Bolivia no ocurrió en una sola noche, como en la obra de Kafka, sino a lo largo de décadas de quiebres políticos, vacíos de poder y enclaves territoriales que terminaron por reconfigurar el tejido del Estado. Lo que analistas, opositores y críticos denominan el «narcoestado plurinacional» es el resultado de un largo proceso que comenzó con la cooptación de las instituciones tradicionales y culminó en una arquitectura jurídica que, bajo el paraguas de la «refundación indígena» del país, diluyó las fronteras entre la legalidad y las economías ilícitas. Hasta parece que toda esta mutación estuviera dirigida a convertir al país en un narcoestado.

Para entender esta transformación, la memoria debe retroceder a los años ochenta, una década descrita muchas veces como un período de quiebre moral y económico. En 1980, el golpe de Estado de Luis García Meza consolidó lo que muchos consideran el primer ensayo de narcoestado en la región. Financiado y sostenido por la organización de Roberto Suárez Gómez, apodado el «Rey de la Cocaína», y asesorado por personajes como el criminal nazi Klaus Barbie, el régimen militar demostró que el aparato estatal podía operar directamente como una gerencia de comercialización de cocaína.

Aunque la democracia regresó en 1982, las rutas, las complicidades y la gigantesca inyección de dinero en efectivo ya habían echado raíces en la economía subterránea del país. Desde entonces, cabe considerar la siguiente secuencia: años ochenta, dictadura de García Meza; años noventa y dos mil, sindicalización del Chapare; 2009, Constitución Política del Estado Plurinacional; 2025-2026, crisis y enclaves.

A finales de los noventa y principios de los dos mil, el eje del poder informal se instaló en el trópico de Cochabamba. Las federaciones cocaleras del Chapare, lideradas por un joven dirigente llamado Evo Morales, de carisma indudable, pero también de un discurso que sus críticos consideran racista y sectario, aprovecharon la tendencia izquierdista y progresista mundial de la época. Su fenotipo llamó la atención no solo en el país, sino también en Europa. Estas federaciones convirtieron el cultivo de la hoja de coca en un bastión de resistencia política y sindical frente a los programas de erradicación respaldados por Estados Unidos.

Con el tiempo, desarrollaron una soberanía interna tan rígida que desplazó a las autoridades municipales y policiales. En el Chapare, ya convertido en un enclave, la ley del sindicato se impuso sobre la ley de la República. Cuando Morales alcanzó la presidencia en 2006, el programa político de su movimiento no solo buscaba la reivindicación indígena, sino también la protección constitucional de su principal motor socioeconómico regional.

El punto de inflexión definitivo ocurrió con el controvertido proceso de aprobación y promulgación de la Constitución Política del Estado de 2009, que dio nacimiento al Estado Plurinacional. Bajo principios legítimos de inclusión de las naciones indígenas, la nueva estructura reconoció autonomías territoriales y sistemas de justicia comunitaria que, según sus críticos, terminaron contribuyendo al blindaje de determinadas zonas frente a la fiscalización estatal ordinaria.

A la par de este cambio institucional, se produjeron decisiones clave, como la expulsión de la Embajada de Estados Unidos y de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), en 2008, y de la Administración para el Control de Drogas (DEA), en 2008. Estas medidas se justificaron en nombre de la soberanía. También aumentó la superficie de cultivo de coca, en respuesta a las demandas de la base cocalera del MAS.

El Gobierno implementó un modelo de «automonitoreo» sindical, denominado «erradicación concertada», que, según informes posteriores, habría permitido que hasta el 40 % de la hoja de coca presuntamente legal se desviara a la producción de clorhidrato de cocaína. Esto sin contar los excedentes de la producción legal, incluso la proveniente de los Yungas.

En esa etapa también se produjo un debilitamiento de la justicia, hoy denunciado y percibido por buena parte de la población. Sin embargo, hay que reconocer que el sistema jurídico boliviano nunca fue plenamente probo, imparcial ni justo, aunque con diferentes grados y magnitudes según el tiempo y el lugar. Esa estructura endeble fue corrompida y deteriorada aún más durante los gobiernos del MAS. La cooptación política del sistema judicial y su debilitamiento mediante presiones y amenazas contribuyeron a garantizar elevados niveles de impunidad para las redes de narcotráfico, la corrupción y la delincuencia en general.

Hacia mediados de la década de 2020, las costuras del modelo comenzaron a abrirse de forma estrepitosa. La fractura interna del oficialismo entre el ala de Luis Arce y los leales a Evo Morales destapó una caja de Pandora de denuncias cruzadas de corrupción y encubrimiento del narcotráfico. Para entonces, Bolivia ya no era solo un productor de materia prima: se había transformado en un nodo logístico internacional donde operaban organizaciones como el Primer Comando de la Capital (PCC), el Comando Vermelho y otros grupos criminales, que facilitaban el traslado de grandes cargamentos de droga hacia Europa y países vecinos. Casos de alto impacto, como el del uruguayo Sebastián Marset, evidenciaron la facilidad con la que capos internacionales podían obtener identidades falsas y protección dentro del territorio nacional.

En el último trimestre de 2026, la narrativa de la Bolivia plurinacional enfrenta su encrucijada más amarga. Críticos y juristas sostienen que la Constitución «pluri» terminó operando, involuntariamente, como cobertura normativa de un entramado delictivo transnacional. Tras años de inestabilidad, bloqueos y deterioro económico, la transición política liderada por Rodrigo Paz se enfrenta a una tarea titánica. Su Gobierno, considerado por muchos analistas excesivamente lento, negligente e incluso ineficiente, debe desmontar una estructura en la que el crimen organizado ya no presiona al Estado desde afuera, sino que, en varios rincones de la geografía boliviana, parece haberse convertido en el Estado mismo.

Hay que terminar admitiendo que Bolivia, por sí sola, difícilmente podrá enfrentar un poder ilícito y corrupto incrustado en las propias entrañas del Estado y de dimensiones tan gigantescas.

Franklin E. Alcaraz Del C. | Periodista columnista