Tribuna

Democracias, oposición y partidos políticos

Democracias, oposición y partidos políticos
Omar Jesús Gómez Graterol | Sociólogo
| 2026-10-14 06:30:42

En toda democracia existe un recurso muy valioso, pero desdeñado e incomprendido en cuanto a su función y relevancia para la salud de la convivencia en sociedad: se trata de la práctica de la oposición. Es un requisito esencial en los sistemas que intentan priorizar la voluntad de las mayorías sin desatender a las minorías, pero sus ventajas suelen ser desaprovechadas por los actores políticos y sociales.

En Latinoamérica, donde en muchos países se tiende más a la emocionalidad que a la racionalidad al momento de gestionar los asuntos públicos, este menosprecio ocasiona con frecuencia equivocaciones costosas, con secuelas que pueden durar meses o años, y que requieren un tiempo similar para corregirse, cuando es posible enmendarlas y no se producen daños permanentes. Se perjudica así tanto al Estado como a la población, pero es esta última la que normalmente soporta con considerable dureza los estragos de las malas decisiones adoptadas por los agentes de poder.

Las naciones contemporáneas que procuran sinceramente la libertad y la justicia, y buscan alejarse de las dictaduras y los totalitarismos, posibilitan la participación de diversos actores con distintas posturas ideológicas, además de propuestas de gestión divergentes en las contiendas electorales. Asimismo, mantienen espacios para la crítica, la denuncia y el disenso, algo necesario si se quiere ampliar la perspectiva sobre la realidad y atender los desafíos que esta presenta constantemente.

Por el contrario, en aquellas naciones con tendencias autoritarias o autocráticas, la disidencia, en cualquiera de sus formas, es perseguida y penalizada. En ellas se observan con mayor frecuencia acciones gubernamentales que buscan, en la medida de lo posible, complacer la egolatría de los mandatarios que las impulsan, sean percibidas como acertadas o erradas por la mayoría. Estas acciones no benefician más que a unos cuantos individuos vinculados a los principales cargos del Gobierno y a una minoría de sus seguidores.

Casi nunca es fácil aceptar los argumentos que provienen de adversarios o de entidades con formas de pensar, creencias y opiniones distintas de las propias. Resulta aún más incómodo si sus apreciaciones son acertadas y nos obligan a cuestionar aquello que sostenemos con convicción y que define nuestros puntos de vista. Desde una perspectiva ética, se debe velar de manera conciliadora y justa por los intereses individuales y colectivos. Asimismo, conviene revisar el contenido de las iniciativas que difieren, en algún grado o por completo, de aquello que concebimos como certero.

Podríamos decir que este ejercicio evidencia dos virtudes. En primer lugar, si estamos equivocados, nos ayuda a rectificar el rumbo de las decisiones adoptadas en beneficio de nuestro crecimiento y del bienestar de la ciudadanía. En segundo lugar, si estamos en lo correcto, contribuye a afianzar las acciones que se vienen ejecutando y a contar con fundamentos sólidos para respaldarlas y defenderlas. Así, aunque no simpaticemos con ideas distintas, siempre es oportuno examinarlas. Si bien el otro no tiene por qué convertirse en un amigo, esto tampoco lo transforma necesariamente en un enemigo, sino simplemente en un oponente.

En el pasado, durante lo que se conocía como «democracias representativas», los partidos políticos asumían una suerte de papel de intérpretes de las necesidades y los deseos de los ciudadanos, y se comprometían a ofrecerles respuestas o soluciones cuando lograban convertirse en la fuerza encargada de la administración estatal. Sin embargo, varios se alejaron de sus responsabilidades e incumplieron los compromisos adquiridos con los votantes una vez que alcanzaron el poder al que aspiraban. Por ello, cayeron en el desprestigio y en un profundo rechazo popular, hasta el punto de que llegó a anhelarse incluso su desaparición. A pesar de ello, no hay que confundir a las fuerzas políticas con sus dirigentes.

En la actualidad, estas instituciones democráticas conservan su importancia en el tablero político, a pesar de que ya no tengan la fortaleza de décadas atrás ni sean los únicos actores de este escenario. Otras figuras se han sumado al juego sociopolítico, como las organizaciones no gubernamentales (ONG), las organizaciones de la sociedad civil (OSC) y los candidatos independientes que no cuentan con una maquinaria partidista que los respalde. Todo esto fomenta una pluralidad de fórmulas y alternativas para regir los destinos de los electores. Por tanto, en lugar de erradicar los partidos políticos, la exhortación es a mantenerlos vigentes para garantizar la pluralidad.

Quizás suene idealista, pero, en principio, el deber ser consiste en promover el debate y la discusión, buscando siempre lo mejor para las personas en un clima de reconocimiento y respeto mutuo, algo que escasea hoy en día. Nadie ostenta la verdad absoluta, y asumir las discrepancias como algo personal constituye, por lo general, un error.

Omar Jesús Gómez Graterol | Sociólogo