Editorial

Cortar por lo sano

Una semana después de su captura, el ex fiscal general Roger Mariaca sigue acaparando los titulares de los principales medios en el país. Se ha convertido en el pararrayos de la indignación colectiva...

Editorial | | 2026-10-11 09:45:00

Una semana después de su captura, el ex fiscal general Roger Mariaca sigue acaparando los titulares de los principales medios en el país. Se ha convertido en el pararrayos de la indignación colectiva, en la encarnación perfecta de la corrupción institucionalizada. Sin embargo, abordar el fenómeno desde la simple condena individual es caer en una trampa de los verdaderos padrinos de la actual podredumbre que vive el país.

Centrar la atención exclusivamente en figuras visibles como Mariaca o el capo uruguayo Sebastián Marset entraña un riesgo flagrante: transformar la crisis en un mero espectáculo simbólico donde unos cuantos pagan las culpas para que el resto del entramado sobreviva intacto y se mantenga operativo.

Lo que ocurre hoy en Bolivia no responde a actos aislados de corrupción. Es la consecuencia directa de la captura del Estado o cooptación institucional. No estamos ante actos aislados de venalidad, sino ante un proceso sistemático donde redes clientelares y de crimen organizado transnacional han penetrado las arterias fundamentales de la república. Denuncias recientes sobre pagos y componendas legislativas para la designación de autoridades judiciales son el síntoma visible de una bancada de intereses opacos que opera transversalmente en el Parlamento, el Poder Judicial, la Fiscalía, la Policía Boliviana y las altas esferas ministeriales.

Durante más de dos décadas, Bolivia ha experimentado un deterioro paulatino de sus contrapesos democráticos. Pretender sanear el país mediante una "limpieza selectiva" —es decir, sacrificando peones o piezas intermedias conforme la presión mediática lo exige— es una estrategia ineficaz que perpetúa el cáncer que carcome la nación. Cuando una red de cooptación se afianza, dejar intacto un solo resquicio de contaminación garantiza su metástasis. Los incentivos perversos permanecen y las dinámicas clientelares simplemente se recomponen bajo nuevas caras.

La eventual intervención o fiscalización mediante mecanismos y marcos de cooperación internacional, así como la exigencia ciudadana de depuración, señalan un diagnóstico inequívoco: la reforma estructural no puede ser fragmentaria. El sistema judicial y policial boliviano padece de una anomia institucional severa. Se requiere una reingeniería profunda que combine la inteligencia financiera, la trazabilidad de activos, la auditoría patrimonial irrestricta a los servidores públicos y la disolución de los feudos de poder enquistados en el aparato administrativo.

Bolivia se encuentra en una encrucijada histórica. O bien se contenta con la escenografía del castigo ejemplarizante para calmar las aguas —mientras la estructura profunda del delito y la prebenda continúa operando—, o bien asume el costo político y social de refundar la institucionalidad sobre bases de transparencia y meritocracia. No existen medias tintas ante la descomposición sistémica: para evitar que la metástasis institucional vuelva a reproducirse, la única vía técnicamente viable y éticamente ineludible es cortar por lo sano.

Bolivia se encuentra en una encrucijada histórica. O bien se contenta con la escenografía del castigo ejemplarizante para calmar las aguas —mientras la estructura profunda del delito y la prebenda continúa operando—, o bien asume el costo político y social de refundar la institucionalidad sobre bases de transparencia y meritocracia.