Hay muchas, pero muchas maneras de empezar a resolver la crisis que no cuestan dinero, o muy poco. Lo que se necesita son dos dedos de frente y coraje político.
Recientemente llegaron $214 millones del FMI. Es un alivio, pero también un recordatorio: los dólares prestados compran tiempo; los dólares que produce un país construyen futuro. Necesitamos generar dólares, no deuda. Bolivia, además, acaba de eliminar la subvención al diésel. Según el Gobierno, subsidiar combustibles costaba alrededor de $55 millones por semana, más de $2.600 millones al año. La medida tendrá costos y habrá que proteger a los sectores más vulnerables. Pero plantea otra pregunta: ¿qué hacemos ahora con el espacio fiscal que estamos recuperando? La respuesta no debería ser simplemente gastar de otra manera. Debemos aprovechar este momento para producir de otra manera.
En un artículo anterior propuse al turismo como una de las grandes respuestas. Bolivia ya posee buena parte de lo necesario: naturaleza, cultura, gastronomía, historia, Uyuni, Amazonía, Titicaca, ciudades coloniales y parques nacionales. Y el turismo tiene una característica especialmente valiosa en una crisis: distribuye el dinero. Un turista extranjero deja dólares en el hotel, pero también en el restaurante, el taxi, la artesanía, el guía, la cafetería, el mercado y la pequeña empresa familiar. Es una actividad extraordinarily inclusiva. Puede generar empleo para jóvenes y mujeres, profesionales y trabajadores con poca formación, grandes hoteles y pequeños emprendimientos. Y puede hacerlo desde La Paz hasta Rurrenabaque, desde Sucre hasta Uyuni o desde Santa Cruz hasta las Misiones. Es una gran oportunidad. Imagínense lo que se haría si el Gobierno deja de financiar las pérdidas de las empresas estatales que tienen una deuda total con el Banco Central de Bolivia de $3.100 millones, aproximadamente.
Hay otra que literalmente nada frente a nosotros. Ecuador ofrece una historia extraordinaria. Hace algunas décadas su camarón era una actividad relativamente artesanal. Hoy es una potencia mundial. En diez años sus exportaciones se cuadruplicaron. En 2020 superó a India como primer exportador y el año pasado vendió más de $8.000 millones. La actividad representa alrededor del 6% de su PIB. Y casi desapareció. La enfermedad de la “mancha blanca” llegó a matar hasta el 95% de los camarones en estanques infectados. La producción cayó 70% en dos años. Ecuador respondió con ciencia y tecnología: desarrolló animales resistentes, mejoró la alimentación e incorporó aireadores, filtración y hasta micrófonos submarinos que “escuchan” cuándo comen los camarones. Hoy alrededor del 95% llega vivo a la cosecha.
Bolivia no puede copiar el camarón. Puede copiar la estrategia. Tenemos tambaquí y pacú en el trópico, trucha en el Altiplano y paiche en la Amazonía. Tampoco partimos de cero: entre 2016 y 2021, por ejemplo, la producción piscícola del Chapare aumentó 181%. Imaginemos la cadena: alguien produce alevines; otro fabrica alimento; una familia cría peces; una empresa instala aireadores; otra los recoge; un frigorífico los procesa; un camión refrigerado los transporta; un supermercado los vende. Después vienen filetes congelados y exportaciones. Eso es desarrollo: convertir un pez en una cadena de empleos.
Y aquí está lo extraordinario: para comenzar a impulsar turismo y piscicultura, el Gobierno prácticamente no necesita gastar más. No tiene que construir hoteles ni criar peces. Tiene que quitar obstáculos. El Gobierno en su campaña electoral y actualmente reconoce que Bolivia es un país tranca; ¿qué ha hecho hasta ahora que haya generado un cambio significativo? Nada. En turismo se tiene que: simplificar trámites, mejorar conectividad, atraer operadores y promocionar Bolivia. En piscicultura: juntar productores, universidades, frigoríficos, bancos y compradores; acelerar certificaciones sanitarias; investigar alimentos más baratos y abrir mercados.
Mucho puede hacerse con instituciones, embajadas y funcionarios que ya existen y ya pagamos y, si no, hay que cambiarlos. No necesitamos otro estudio de cinco años. Sentemos alrededor de una mesa a quienes saben producir, invertir y vender. Preguntémosles qué los frena. Identifiquemos diez obstáculos por sector, asignemos responsables y eliminémoslos en 90 días. Después, que invierta el privado.
Eliminar el subsidio ayuda a ordenar las cuentas. El FMI puede ayudarnos a ganar tiempo. Pero ninguna de las dos cosas crea por sí sola una nueva economía. El ajuste puede detener la crisis. Solo producir más puede sacarnos de ella. Turismo y piscicultura son dos lugares por donde comenzar. No dentro de cinco años, ni de dos. Ahora.