Los grandes líderes europeos dicen estar sorprendidos, incluso alarmados, por el avance de la derecha. Cada elección en la que un partido conservador, liberal o identificado con la derecha obtiene más votos es presentada como una especie de terremoto político. Se asombran pero no se preguntan por qué se produce este avance.
Durante décadas, buena parte de Europa
experimentó distintas formas de socialismo, socialdemocracia, estatismo y
expansión permanente del Estado. Se prometió igualdad, bienestar, protección y
sociedades más justas. Pero cuando las economías comenzaron a perder dinamismo,
la burocracia creció, la presión fiscal aumentó, la industria perdió
competitividad y aparecieron problemas de empleo, inmigración y seguridad,
muchos de esos mismos partidos siguieron ofreciendo más de lo mismo.
La derecha no crece en el vacío. Crece allí
donde una parte de la población está cansada de las respuestas de la izquierda
y de los partidos tradicionales. No hay ningún misterio, es simplemente una
reacción lógica del ciudadano.
Alemania ofrece un ejemplo particularmente
simbólico. La AfD ha conseguido sus mayores avances en los antiguos territorios
de Alemania Oriental, precisamente aquellos que durante décadas estuvieron
sometidos al régimen comunista. La explicación no está solamente en la
inmigración o en la propaganda. Existe una historia de pobreza,
desindustrialización, pérdida de empleos y frustración que no puede ignorarse.
El mismo fenómeno se observa en distintos
países dentro y fuera de Europa, donde la reacción inmediata es hablar del
avance del fascismo o de la ultraderecha, cuando el rechazo al socialismo
proviene en realidad de la defensa de las libertades individuales, la lucha por
la propiedad privada, la economía de mercado, el estado limitado y la
responsabilidad personal. Eso no tiene nada que ver con el fascismo.
Europa conoce demasiado bien los extremos del
siglo XX como para confundirlos alegremente. El nazismo y el comunismo
totalitario dejaron millones de víctimas y, por eso, varios países europeos han
establecido restricciones legales contra organizaciones que defienden esas
ideologías totalitarias. Pero una cosa es combatir el totalitarismo y otra muy
distinta considerar sospechoso todo lo que se oponga al pensamiento
progresista.
Lo verdaderamente sorprendente, entonces, no
debería ser que la derecha avance. Lo sorprendente sería que no lo hiciera
después de tantos años de políticas que produjeron estancamiento,
endeudamiento, burocracia, pérdida de competitividad y frustración social.
Tal vez ha llegado la hora de cambiar la
pregunta. En lugar de preguntar únicamente por qué crece la derecha, habría que
preguntar qué hicieron las izquierdas para que tanta gente dejara de confiar en
ellas.
Cuando una sociedad cambia de rumbo, casi nunca es porque un día despertó convertida en otra cosa. Generalmente ocurre porque se cansó de aquello que tenía.
Tal vez ha llegado la hora de cambiar la pregunta. En lugar de preguntar únicamente por qué crece la derecha, habría que preguntar qué hicieron las izquierdas para que tanta gente dejara de confiar en ellas.