De todas las imágenes que han circulado en los medios y redes sociales sobre el caso Mariaca, ninguna asquea tanto como esos montones de fajos de billetes que el ex fiscal tenía en su casa. La discusión se pierde hoy en tecnicismos legales y en análisis políticos, pero lo que realmente destruye a la sociedad es esa imagen brutal de la impunidad convertida en dinero rápido y fácil. Para un ciudadano honesto y con criterio formado, ver ese dinero sucio le causa repulsión. Pero para un joven, un niño o una persona sin sentido común, el daño es letal. Cuando ven que un delincuente acumula millones durante años sin castigo —o cuando ven a la hermana de un narcotraficante pasearse impune presumiendo lujos mal habidos ante el aplauso de la gente—, el mensaje que reciben es claro y destructivo: en Bolivia el crimen paga, premia y conviene. Mientras ver caer a un corrupto sea la rara excepción y la opulencia ilegal sea la regla, estamos educando a las nuevas generaciones bajo la idea de que la honestidad es para tontos y que esta sociedad está irremediablemente podrida.