Había prometido una segunda parte de mi artículo anterior, «Reavivar la conciencia cristiana». Debo comenzar ofreciendo una disculpa a mis lectores: con todos los cambios que hemos vivido a raíz del terremoto y las nuevas responsabilidades en mi congregación, francamente se me traspasó darle continuidad.
En
esta entrega ofrezco algunos criterios para concretar lo que significa actuar
con una conciencia recta en el mundo actual:
1. Fundamentar nuestras decisiones en la fe
Hemos de asegurarnos de que nuestras decisiones y acciones estén
firmemente alineadas con las enseñanzas y valores del Evangelio. La fe no es
una mera teoría, sino la luz que ilumina la inteligencia para no quedar a
merced del relativismo moral (CIC 1783). Como nos recuerda la Escritura: «El
justo vivirá por la fe» (Romanos 1, 17), porque «sin fe es imposible agradar a
Dios» (Hebreos 11, 6). San Agustín de Hipona lo resumía así: «La fe es la que
dirige la voluntad. Si crees, actúas; si no crees, te detienes».
2. Conocer y consultar la Sagrada Escritura
La
Biblia es nuestra guía fundamental y norma de vida. La reflexión constante
sobre las Sagradas Escrituras es un deber cristiano que nos ayuda a discernir
la voluntad del Padre en nuestra cotidianidad. Decía el salmista: «Tu palabra
es antorcha para mis pasos, luz en mi sendero» (Salmo 119, 105), pues «toda la
Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para
corregir, para educar en la justicia» (2 Timoteo 3, 16). Hemos de recordar
siempre la advertencia de San Jerónimo citada por la Iglesia: «Ignorar las
Escrituras es ignorar a Cristo» (CIC 133).
3. Aplicar el principio del bien común
En
cada decisión es imprescindible considerar el impacto de nuestras acciones en
los demás y procurar el bienestar de la comunidad. El bien común comprende el
conjunto de condiciones sociales que permiten a cada persona y grupo alcanzar
más plenamente su perfección (CIC 1906). San Pablo aconsejaba a la comunidad:
«Que nadie busque su propio interés, sino el del otro» (1 Corintios 10, 24). De
la misma manera, San Juan Crisóstomo enseñaba la dimensión comunitaria de la
vida cristiana: «Si no vives para los demás, tu vida no tiene sentido».
4. Actuar con justicia
Debemos, en lo posible, ser equitativos e íntegros en nuestros tratos
cotidianos, rechazando cualquier manifestación de injusticia o discriminación.
La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de
dar a Dios y al prójimo lo que les es debido (CIC 1807). La Palabra nos
exhorta: «Practicar la justicia y el derecho es más grato al Señor que los
sacrificios» (Proverbios 21, 3) y el mismo Jesús proclamó: «Bienaventurados los
que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados» (Mateo 5, 6).
Santo Tomás de Aquino nos previene sobre su equilibrio: «La justicia sin
misericordia es crueldad; la misericordia sin justicia es la madre de la
disolución».
5. Vivir en la verdad y la honestidad
La
verdad debe ser el faro que dirija nuestras palabras y acciones. La veracidad
nos exige mostrarnos sinceros en los actos y evitar toda duplicidad, simulación
o hipocresía (CIC 2468). El Señor nos prometió: «Conocerán la verdad, y la
verdad los hará libres» (Juan 8, 32); por ello, el apóstol pide: «Desechando la
mentira, hablen verdad cada uno con su prójimo» (Efesios 4, 25). Como afirmaba
el Venerable Fulton Sheen: «La verdad no cambia porque sea aceptada o no por la
mayoría de las personas».
6. Formar y escuchar la conciencia
La
conciencia es el sagrario del ser humano donde la voz de Dios resuena en lo más
íntimo (CIC 1778). San Pablo enseña que los creyentes «muestran que la obra de
la ley está escrita en sus corazones, atestiguándolo su conciencia» (Romanos 2,
15). Sin embargo, la conciencia no es infalible por sí sola: requiere formación
constante, pues una conciencia mal informada o ignorante puede desviar el
camino del bien (CIC 1783). San Pablo VI afirmaba en la Gaudium et Spes (n. 16)
que «la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que
este se encuentra a solas con Dios».
7. Buscar un acompañamiento espiritual
Ante
las decisiones complejas, es sabio no apoyarse únicamente en el propio juicio,
sino acudir al consejo de sacerdotes y acompañantes espirituales maduros. La
dirección espiritual nos ayuda a discernir la acción del Espíritu Santo en el
alma para no dejarnos engañar por el amor propio o la soberbia (CIC 2690). La
Escritura enseña: «Donde no hay buen consejo, el pueblo cae; pero en la
multitud de consejeros hay seguridad» (Proverbios 11, 14). San Bernardo de
Claraval advertía contundentemente: «El que se constituye en su propio maestro,
se hace discípulo de un tonto».
8. Comprometerse con la caridad
El
amor compasivo y servicial hacia quien más lo necesita es el motor de la acción
cristiana. La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre
todas las cosas y a nuestro prójimo por amor a Él (CIC 1822). Cristo estableció
el criterio definitivo de identidad: «En esto conocerán todos que son mis
discípulos, si se tienen amor los unos a los otros» (Juan 13, 35), sabiendo que
«si no tengo amor, nada soy» (1 Corintios 13, 2). San Juan de la Cruz lo
expresó muy acertadamente en su máxima inmortal: «Al atardecer de la vida,
seremos examinados en el amor».
9. Promover la paz y la reconciliación
Debemos ser agentes activos de reconciliación en nuestros entornos,
huyendo de las divisiones y los conflictos innecesarios. La paz no es la mera
ausencia de guerra, sino el fruto del orden justo y de la caridad (CIC 2304).
Jesús dijo: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán
llamados hijos de Dios» (Mateo 5, 9). San Serafín de Sarov subrayaba el alcance
transformador de esta actitud: «Conserva la paz en tu alma y miles a tu
alrededor encontrarán la salvación».
10. Formarse continuamente en la fe y la
moral
La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida que nos protege contra el temor, la presunción y el relativismo moral (CIC 1784). Es imprescindible mantenerse informado y estudiar los dilemas éticos y sociales de nuestro tiempo desde el magisterio de la Iglesia. San Pablo exhortaba: «No se amolden a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente» (Romanos 12, 2) y San Pedro nos animó a «crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor» (2 Pedro 3, 18). San Buenaventura resumía el fin último de todo estudio cristiano: «Estudien, no para saber más, sino para amar mejor». Dios con nosotros