Vivimos en la era de los influencers, esos personajes que acumulan seguidores y pretenden ocupar el lugar de los periodistas. Pero confundir popularidad con periodismo es un error que puede salir caro a una sociedad que necesita información confiable. El influencer busca el «me gusta», la visualización y la aprobación de su audiencia. Trabajan por encargo de quienes necesitan influir en los demás: cobran por difundir un mensaje, promover una imagen o repetir aquello que la fuente quiere comunicar. No buscan la verdad, sino cumplir con quien paga. Por eso, cada vez hay más influencers alrededor del poder. Y no es casualidad: el poder tiene recursos y paga bien, siempre que hablen bien de él. La crítica, la fiscalización y las preguntas incómodas no forman parte del contrato. El periodista debe su lealtad a la búsqueda de la verdad, no a quien financia la información. Su obligación es fiscalizar al poder y cuestionar a quienes lo ejercen. La tecnología cambia, las plataformas evolucionan y las audiencias migran. El oficio permanece: informar con rigor, independencia y ética. Ningún número de seguidores sustituye esa responsabilidad.