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De los 50 mil dólares a la república del algoritmo

De los 50 mil dólares a la república del algoritmo
Delmar Apaza López | Columnista
| 2026-09-28 00:10:16

La historia de los liderazgos que confunden legitimidad con algoritmo está llena de casos en los que la victoria se explica no por lo que se hizo, sino por lo que se logró viralizar. Rodrigo Paz, ante el PNUD y la CAF, en el 81.º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU, resumió su llegada al poder con una frase que ya circula como trofeo digital: “Yo soy producto del TikTok, yo he ganado una elección con 50 mil dólares”. La declaración, pensada para el aplauso inmediato, es síntoma de algo más grave: un presidente que cree que ganar el algoritmo equivale a comprender el país que gobierna.

No hubo error de dicción, sino error de fondo, y ese error tiene al menos tres frentes. Primero, el frente comunicacional: decir algo sin decir nada. El politólogo italiano Giovanni Sartori advirtió sobre el fenómeno del “homo videns”, el ciudadano que ya no razona la política, sino que la consume en fragmentos audiovisuales vacíos de contenido, donde la imagen sustituye al argumento.

El discurso presidencial en la ONU tenía la obligación de proyectar una lectura seria del momento boliviano: crisis económica, fractura institucional, un Órgano Judicial deslegitimado y una Asamblea fragmentada. En su lugar, el mandatario optó por la anécdota del bajo presupuesto y la ironía contra “señores” que gastaron millones. Es exactamente el tipo de mensaje que el consultor Frank Luntz describía como aquel que “suena bien, pero no dice nada”: diseñado para el titular, no para la comprensión estructural. Como bien podría advertir Ferrajoli sobre las esferas del poder sin garantías, un relato sin sustancia frente a un foro multilateral no construye autoridad: construye vacío institucional revestido de simpatía.

Segundo, el frente de la lectura unilateral de la realidad. El problema no es TikTok como herramienta —lo usan gobiernos serios y populistas por igual—, sino la certeza con la que el presidente asume que su lectura de los hechos es la única válida, sin contrastarla con la complejidad boliviana. Bolivia no se ganó con un algoritmo: se gobierna en un país de fracturas regionales, sindicales, étnicas e ideológicas, donde ninguna narrativa de redes sustituye la negociación territorial.

Reducir el triunfo a “50 mil dólares y una hija que entiende TikTok” es, en el mejor de los casos, una simplificación publicitaria; en el peor, evidencia de que gobierna desde la epidermis de las plataformas y no desde el diagnóstico real del país. Resulta insostenible presentarlo como explicación total de un fenómeno que incluyó una asesoría cuestionable —el propio mandatario reconoció el aporte de Fernando Cerimedo, hoy preso en Chonchocoro por causas ajenas al marketing digital— y un giro de estrategia entre vueltas que poco tuvo de espontáneo. Como diría el constitucionalista argentino Gargarella sobre las “democracias de fachada”, el riesgo no es la falta de legitimidad electoral, sino la ilusión de que ganar sustituye a gobernar con una lectura de la complejidad.

Tercero, el frente que nadie quiso nombrar en Nueva York: el efecto Lara. El vicepresidente Edmand Lara capitalizó la presencia digital más agresiva en la primera vuelta, cuando la candidatura era todavía modesta. El binomio sorprendió en agosto no por una operación aislada del entorno de Catalina Paz, sino por el arrastre de un vicepresidente con capital simbólico propio en redes, que el relato presidencial en la ONU decidió borrar del mapa. No mencionar a Lara no es un detalle protocolar, sino apropiación narrativa: el presidente construye un mito de origen unipersonal y familiar donde el binomio —clave en la sociología electoral boliviana desde 2002— queda reducido a comparsa. El propio Lara ya había desmentido esa versión simplificada. Cuando un mandatario borra a su vicepresidente del relato de la victoria, no comunica fortaleza: exhibe la fragilidad de un binomio improvisado que todavía no se asume como sociedad política, sino como suma de individualidades que compiten por el mismo capital simbólico.

El daño mayor no es hacia Lara ni hacia la ONU, sino hacia el ciudadano boliviano. Explicar el triunfo con una fórmula de autoayuda empresarial —bajo presupuesto, algoritmo, disciplina de contenidos— equivale a decir que el electorado vota como consumidor de entretenimiento y no como sujeto político con demandas estructurales: empleo, institucionalidad, justicia y autonomías funcionales. Es la misma transformación que Sartori llamaba la conversión del ciudadano en espectador: entretenido, pero sin explicación sustantiva sobre el rumbo del país.

Nada de esto hará que Bolivia deje de gobernarse mañana, pero, manteniendo este relato, el costo ya está ocurriendo: un presidente que presume de algoritmos ante Naciones Unidas, mientras subestima la inteligencia de quienes lo eligieron, no comunica gobernabilidad. Pone, con cada video viral, una bomba narrativa en el corazón de su propia legitimidad.

Delmar Apaza López | Columnista