Las recientes medidas del Banco Central de Bolivia, al congelar unos 3.000 millones de bolivianos del sistema financiero, son una muestra clara de cómo el Gobierno sigue recurriendo a trucos, maniobras y artilugios contables para maquillar la crisis. Al implementar la Reserva Monetaria Ampliada y Restringida, el ente emisor aplica analgésicos paliativos a un paciente macroeconómico que requiere con urgencia ingresar a terapia intensiva. Esterilizar liquidez para contener momentáneamente la inflación y frenar la devaluación no soluciona el problema de fondo: la indisciplina fiscal. La administración central se niega categóricamente a aplicar la medicina real, que implica achicar el sobredimensionado gasto público y reducir el déficit presupuestario. Mientras el Gobierno continúe imprimiendo bolivianos sin respaldo para financiar sus cuentas y se abstenga de realizar los ajustes estructurales necesarios, estas contenciones temporales solo postergarán el desenlace. Restringir el crédito a la banca privada mientras el Estado sigue gastando sin freno es solo tapar el sol con un dedo; tarde o temprano, la realidad económica terminará imponiéndose.