Rodrigo Paz dijo en la ONU que Bolivia decidió cambiar y que no volverá al pasado. Posiblemente quiera hacerlo. El problema es que el pasado no se fue: sigue instalado en el Estado, en la economía y en buena parte de las estructuras que el masismo construyó durante casi dos décadas. Hay una paradoja que el Presidente omitió en Nueva York: su llegada al poder está amarrado a ese pasado que lo tiene secuestrado. Los bolivianos votaron masivamente por un cambio, pero llegar a la Presidencia con los mismos votos del populismo le resta voluntad, fuerza y autoridad para desmontarlo. Su discurso en la ONU fue contundente para denunciar la herencia recibida, pero mucho menos convincente para explicar cómo piensa desmantelarla. Bolivia sigue atrapada en estructuras, prácticas y cargas del ciclo masista. Paz puede proclamar desde Nueva York que el pasado terminó. Pero mientras no lo desmonte, seguirá gobernando sobre él. Y los bolivianos seguirán pagando la cuenta.