«El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan —para nosotros— es fuerza de Dios» (1 Corintios 1,18).
“La España grandiosa con hado benigno aquí plantó el signo de la Redención. Y surgió a su sombra un pueblo eminente, de límpida frente, de leal corazón” (Himno Cruceño).
He vivido 34 de mis 38 años de misionero en tierra cruceña, 24,5 de ellos en la Parroquia de La Santa Cruz. Me tocó vivir cuatro años en Cochabamba, cuya fiesta departamental coincide con la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Ahora me siento orgulloso de ser pastor de una buena parte de la tierra evangelizada por misioneros de la Compañía de Jesús y de la Orden de Frailes Menores, quienes también plantaron el signo de la Redención.
Me alegra identificarme como cruceño, sin dejar de ser gringo, porque los cambas nacemos donde nos da la gana. Cruceño, pues, además de ser habitante de esta querida tierra, sea cual sea su origen genético o territorial, es hermano que se considera eminente por estar bajo la sombra de la Cruz.
Bajo la sombra de la Cruz del Redentor, en aquel entonces, los de corazón más leal eran la Virgen Santísima, Madre de Jesucristo, y aquel discípulo que, en vez de identificarse por su nombre, el Cuarto Evangelio llama “amado”.
De esta manera, le transfiere un milenio de respeto y cariño bíblico, porque el gran Rey del pueblo de Dios era David, cuyo nombre, en hebreo, quiere decir “amado”. El Discípulo Amado es así identificado con él, pero, sobre todo, con el hijo de David, que es a su vez Hijo de Dios: “Este es mi Hijo, el Amado. Escúchenlo” (Mc 9,7; Mt 17,5; Lc 9,35).
Los cruceños naturalmente reclaman el reconocimiento de sus logros frente a la nación, no solo por el grito libertario de 1810, que recordamos el 24 de septiembre, sino también por la conquista de las regalías petroleras (11 %) y por haberse convertido en el motor del desarrollo económico del país, un imán que atrae una permanente migración desde otros departamentos.
Nuestras efemérides departamentales celebran 216 años de aquella gesta heroica de 1810. Pero cabe recordar que la Diócesis de Santa Cruz nació el 5 de julio de 1605 —un día después de la Diócesis de La Paz—, apenas 44 años después de la fundación original de Santa Cruz, cerca del actual San José de Chiquitos, y un año después de su traslado a lo que es ahora Cotoca. Pasarían otros 17 años para que la ciudad capital encontrara su lugar permanente a orillas del Piraí. Cada traslado y cada nueva población fundada fueron acompañados por el signo de la Redención, como indican las tres cruces del Escudo Cruceño.
Ahora, al marcar los hitos de nuestra historia, nos toca mantenernos bajo la sombra de la Santa Cruz para así también asegurar la frente límpida y el corazón leal. Como cruceños, nos toca ser no solo el motor económico del pueblo boliviano, sino también la locomotora de una revolución de honradez, de humanidad, de justicia y de convivencia, como Discípulos Amados del Predilecto, ya que los cruceños hemos adoptado la locura de la Cruz.
Querido cruceño, que Dios te bendiga.