¿Mi presidente es un dictador? ¿Es un tirano? ¿Vivo en democracia? Son preguntas cada vez más frecuentes en un mundo marcado por la polarización política. Parte del problema es que las categorías tradicionales de la ciencia política no siempre logran explicar las nuevas formas de concentración del poder.
Durante buena parte del siglo XX, identificar una dictadura era relativamente sencillo. Un gobernante acumulaba el poder mediante un golpe de Estado, generalmente respaldado por las Fuerzas Armadas o grupos rebeldes. Estos regímenes impedían la participación ciudadana y fueron denunciados por universidades, organismos internacionales y gobiernos democráticos.
Las transiciones hacia la democracia en América Latina, África y Asia estuvieron acompañadas, en algunos casos, por sanciones diplomáticas, económicas e incluso intervenciones militares. Desde sectores de izquierda se cuestionó esta política, acusándola de hipocresía e intervencionismo cuando se dirigía contra gobiernos surgidos de revoluciones con objetivos socialistas.
Sin embargo, el autoritarismo no desapareció. Aprendió a adaptarse. El siglo XXI mostró que un gobernante con aspiraciones autoritarias podía llegar al poder mediante elecciones y utilizar posteriormente esa legitimidad para modificar las reglas del sistema. De esta transformación surge el concepto de oclocracia, combinado por el autor con el término tiranía: la oclotiranía.
El oclotirano llega al poder mediante elecciones y se presenta como una alternativa contra la política tradicional. Sus discursos pueden combinar populismo, demagogia y promesas de cambio, pero se mantienen dentro de los límites formales del debate democrático. De esta manera, el electorado puede no percibir inicialmente el riesgo de una futura concentración de poder.
La oclotiranía necesita, además, una base social movilizada. Una masa de seguidores acríticos reproduce y defiende el mensaje del líder, especialmente a través de las redes sociales. Una vez consolidado el respaldo electoral, comienzan las transformaciones institucionales.
Entre ellas aparecen modificaciones constitucionales, referéndums o asambleas constituyentes que alteran el equilibrio de poderes; cambios en las reglas electorales que dificultan la competencia; influencia sobre los medios de comunicación y una utilización intensiva del marketing político. Todo ello puede realizarse sin eliminar formalmente las elecciones.
Precisamente ahí reside la dificultad para identificar el fenómeno. El gobernante no necesariamente concentra todo el poder en sus manos, por lo que resulta difícil llamarlo tirano. Tampoco elimina las elecciones, por lo que la categoría de dictador parece insuficiente. Conceptos como “democracia iliberal” o “régimen híbrido” pueden ser útiles académicamente, pero no siempre resultan comprensibles para el ciudadano común.
El terreno judicial es especialmente importante. Si las instituciones no encuentran mecanismos eficaces para sancionar determinadas acciones porque estas se mantienen dentro de una aparente legalidad, el respaldo popular puede convertirse en una herramienta para justificar decisiones que debilitan los contrapesos democráticos.
El autor relaciona esta situación con la advertencia de Aristóteles sobre la degeneración de la democracia cuando el poder de la mayoría se convierte en instrumento para destruir los límites institucionales. En las oclotiranías, el marketing político puede imponerse sobre las políticas públicas y las decisiones pueden presentarse de manera simplificada para aprovechar el descontento ciudadano.
Las redes sociales, los mensajes breves, la confrontación y la construcción artificial de personajes políticos se convierten entonces en herramientas fundamentales. Al mismo tiempo, universidades, medios, partidos tradicionales y organismos internacionales pierden capacidad de respuesta o son objeto de ataques.
El desafío consiste en reconocer estas nuevas formas de autoritarismo sin confundirlas con las dictaduras tradicionales. La democracia no depende únicamente de celebrar elecciones: también requiere instituciones sólidas, división de poderes, libertad de prensa, independencia judicial y reglas que limiten la concentración del poder.
La oclotiranía, según esta tesis, es precisamente la forma en que el autoritarismo contemporáneo puede intentar sobrevivir: manteniendo las apariencias democráticas mientras transforma desde dentro las instituciones que deberían limitarlo.
Bernardo Gortaire - Latinoamérica21