El más reciente informe PISA 2025 ha confirmado la sospecha global: la educación del planeta atraviesa una crisis estructural sin precedentes. No estamos ante una fluctuación estadística o una secuela coyuntural de la pandemia; presenciamos una caída libre en las competencias básicas de las nuevas generaciones. El promedio de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) registra un retroceso que equivale a la pérdida de casi un año completo de escolaridad en habilidades fundamentales en la última década.
El fenómeno no respeta fronteras ni niveles de ingreso. Estados Unidos, la primera potencia del mundo, se desploma en comprensión lectora alcanzando su punto más bajo desde el año 2000. Europa muestra retrocesos severos marcados por aulas fragmentadas, pérdida de concentración y el abuso desmedido de pantallas que atomizan la atención. El diagnóstico técnico de la OCDE identifica causas profundas: adolescentes menos dispuestos al esfuerzo, un progresivo abandono de la lectura sostenida en papel y la incapacidad generalizada para procesar textos complejos y de larga extensión.
En América Latina, la radiografía es desoladora. Argentina y México anotan sus peores registros en matemáticas en dos décadas, mostrando que apenas una minoría marginal de sus estudiantes logra interpretar problemas cuantitativos elementales. Países con tradición de estabilidad institucional o inversión como Chile, Colombia, Brasil y Costa Rica transitan entre el estancamiento y el deterioro directo. La región continúa rezagada en el fondo del mapa educativo mundial, formando bachilleres que carecen de las herramientas mínimas para competir en la economía del conocimiento y la era de la inteligencia artificial.
Si la situación del vecindario es alarmante, el escenario en Bolivia resulta sencillamente insostenible. Llevamos más de dos décadas inmersos en un caos educativo caracterizado por la improvisación ideológica, la politización docente y la degradación sistemática de los contenidos curriculares. Lo más grave no es sólo el colapso del sistema público, sino el deliberado aislamiento institucional: Bolivia insiste en no participar de las evaluaciones internacionales.
Nos negamos rotundamente a mirarnos al espejo. Al rehusarnos a ser medidos, las autoridades ocultan una realidad pedagógica catastrófica que no quieren asumir. Cuando un país se niega a evaluar sus resultados, renuncia a corregir sus deficiencias y condena a sus jóvenes al atraso definitivo.
La educación global cruza una era de desconexión y falta de rigor, pero Bolivia añade a ese mal del siglo el lastre de la ceguera voluntaria. Mientras el mundo debate cómo reestructurar la enseñanza ante el uso de algoritmos y el déficit de atención, nosotros nos mantenemos al margen, enseñando dogmas caducos en aulas desprovistas de ciencia. La caída libre de la educación mundial nos exige una reacción urgente; en Bolivia, el primer paso inevitable es atrevernos, de una vez por todas, a mirar el abismo cara a cara.
El informe PISA 2025 revela un retroceso global inédito. América Latina se hunden en matemáticas y lectura, mientras Bolivia agrava su crisis al negarse a evaluar su desastre.