Las guerras producen resultados inesperados. Estados Unidos entró en la guerra contra Irán para reducir una amenaza estratégica. Lo consiguió militarmente, en buena medida. Pero seis meses después aparece una paradoja inquietante: Washington ha demostrado su enorme poder militar, mientras China podría estar cosechando parte de los beneficios geopolíticos. Veamos lo primero.
Las fuerzas estadounidenses e israelíes golpearon duramente instalaciones nucleares, defensas aéreas, misiles y otras capacidades militares iraníes. La Estrategia de Defensa Nacional 2026 del propio Pentágono sostiene que Irán quedó considerablemente más débil y vulnerable. La capacidad estadounidense para atacar miles de objetivos a enorme distancia volvió a demostrar algo difícil de discutir: militarmente, EE.UU. continúa jugando en una categoría propia. Pero destruir objetivos y ganar estratégicamente una guerra no son necesariamente lo mismo.
Según el Center for Strategic and International Studies (CSIS), uno de los principales centros de estudios de seguridad de Washington, que se define como bipartidista e independiente, la campaña le había costado al Pentágono aproximadamente $40.000 millones, incluidos unos $26.100 millones en municiones. EE.UU. empleó 13.629 armas contra más de 13.000 objetivos. Más importante que el dinero es lo gastado de los arsenales. CSIS estima que las existencias de interceptores Patriot han caído por debajo de 1.000 y las de THAAD rondan apenas los 250. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha reconocido que reponer determinados sistemas tomará “meses y años”. ¿Por qué importa? Porque son precisamente armas que EE.UU. podría necesitar ante una crisis mucho más peligrosa: China y Taiwán. Aquí aparece el primer mensaje de esta guerra: EE.UU. debilitó considerablemente a Irán, pero, al hacerlo, también consumió recursos militares necesarios para disuadir a China.
Beijing observa atentamente. El Council on Foreign Relations (CFR), institución independiente y no partidista que no adopta posiciones políticas institucionales, señala que estrategas chinos están estudiando las lecciones del conflicto. Irán ha mostrado que un país incapaz de derrotar convencionalmente a EE.UU. puede sobrevivir, prolongar el enfrentamiento y obligar a Washington a consumir recursos. El estrecho de Ormuz lo demostró dramáticamente. Según la Energy Information Administration (EIA), agencia estadística del Departamento de Energía estadounidense cuyos análisis son, por ley, independientes de la aprobación política del Gobierno, por allí transitaban 21,6 millones de barriles diarios de petróleo y derivados a fines de 2025. Durante el segundo trimestre de la guerra, el volumen cayó hasta 4,9 millones. El Brent llegó a tocar los US$118 por barril.
Y aquí aparece la segunda paradoja.
China es el principal sostén económico externo de Irán. La U.S.-China Economic and Security Review Commission, comisión bipartidista creada por el Congreso estadounidense y formada por miembros designados tanto por líderes republicanos como demócratas, calcula que China compraba alrededor del 90% del petróleo exportado por Irán: casi 1,4 millones de barriles diarios en 2025, que generaron aproximadamente $31.200 millones para Teherán. Esto no significa que Xi Jinping pueda terminar la guerra “en horas”. Pero sí que posee una formidable palanca sobre Teherán. Sin el mercado chino, la capacidad iraní para financiarse y resistir sanciones disminuiría sustancialmente.
¿Por qué Beijing habría de utilizar inmediatamente esa palanca? Mientras EE.UU. gasta dinero, interceptores y atención estratégica en Oriente Medio, China conserva sus arsenales y estudia cómo combate su principal rival. Pero tampoco le conviene una guerra interminable. China depende enormemente del petróleo importado y del comercio mundial. El incendio que hoy observa desde cierta distancia puede terminar quemándola también.
Por eso, el balance permanece abierto. Si consigue convertir la superioridad militar demostrada en un acuerdo que limite duraderamente la amenaza iraní, su apuesta podría ser reivindicada por la historia. Si la guerra simplemente se prolonga, el cálculo será muy diferente.
Las guerras no se juzgan solamente contando los objetivos destruidos. Se juzgan observando quién quedó más fuerte cuando dejaron de caer las bombas.