
La inteligencia artificial abrió una nueva disputa en Estados Unidos entre los principales líderes tecnológicos y la Administración de Donald Trump. Sam Altman, de OpenAI; Dario Amodei, de Anthropic; y Elon Musk, de xAI, coinciden ahora en la necesidad de desacelerar el desarrollo de los sistemas más avanzados y establecer mayores controles sobre una tecnología que consideran potencialmente peligrosa.
El debate cobró fuerza después de las advertencias de Jacob Coxon, un exempleado de Anthropic y OpenAI, quien afirmó que ninguna de las grandes compañías está actuando de manera responsable y alertó sobre el riesgo de que una superinteligencia pueda operar autónomamente contra los intereses humanos.
Las advertencias fueron respaldadas por Evan Hubinger, responsable de ciencia de alineamiento de Anthropic, y posteriormente por Amodei, Altman y Musk. Amodei incluso publicó un documento titulado “Debemos pausar la Frontera”, en el que advirtió sobre la pérdida de control de los sistemas, su posible utilización en bioterrorismo y ciberataques y las consecuencias de una fuerte disrupción económica.
El pronunciamiento de los empresarios coincide con un llamado firmado por dirigentes de un centenar de empresas tecnológicas para reclamar una mayor participación de los gobiernos en la regulación de la inteligencia artificial. Sin embargo, el planteamiento choca con la posición de Trump y sus aliados republicanos, que consideran que una desaceleración estadounidense podría favorecer directamente a China.
“Quien gana la IA, gana”, afirmó Trump el 13 de septiembre. El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, sostuvo por su parte que Estados Unidos no puede imponer una moratoria porque China podría aprovecharla para tomar ventaja en la carrera tecnológica.
La amenaza de una inteligencia artificial capaz de alcanzar autonomía y volverse contra la humanidad también genera escepticismo entre especialistas. Beatriz Busaniche, directora de la Fundación Vía Libre, considera que los riesgos más inmediatos están relacionados con el control de la información, la dependencia tecnológica, la vigilancia masiva y la delegación de capacidades cognitivas.
Emilse Garzón, periodista especializada en tecnopolítica y ciberseguridad, recuerda que los pedidos para limitar determinados usos de la inteligencia artificial existen desde hace varios años, incluso en organismos internacionales. A su juicio, las actuales advertencias de los grandes empresarios no necesariamente implican una intención de frenar los usos militares, de vigilancia o de extracción masiva de datos.
Las especialistas también cuestionan que las empresas tecnológicas estén actuando exclusivamente por razones éticas. Garzón considera que los pronunciamientos coordinados podrían buscar una ventaja en el diseño de las futuras regulaciones y permitir que las propias compañías participen directamente en la definición de las reglas que deberán cumplir.
El trasfondo económico también ocupa un lugar central. Altman anunció el 12 de septiembre que OpenAI retrasará su salida a bolsa, prevista inicialmente para octubre, y atribuyó la decisión a las preocupaciones relacionadas con la seguridad de la inteligencia artificial.
La especialista en políticas tecnológicas Natalia Zuazo considera que el aplazamiento puede responder también a razones financieras. Una eventual salida a bolsa obligaría a OpenAI a proporcionar mayor información a accionistas e inversores y asumir mayores exigencias de transparencia sobre los riesgos y efectos de sus productos.
Busaniche sostiene además que la industria enfrenta una creciente necesidad de capital debido al enorme costo computacional de desarrollar modelos cada vez más sofisticados. Desde esta perspectiva, las advertencias sobre los riesgos podrían contribuir a impulsar la participación de los Estados en el financiamiento de una industria que busca mantener su ventaja frente a China.
El debate, finalmente, enfrenta dos posiciones que no necesariamente son contradictorias: la necesidad de regular una tecnología con riesgos reales y la preocupación de que una regulación excesiva reduzca la competitividad estadounidense. Zuazo recuerda que China también regula su industria mientras continúa desarrollándola. Para Garzón, el verdadero desafío será evitar que las mismas empresas que dominan la inteligencia artificial terminen siendo también quienes diseñen las reglas que deberán controlar su poder.