Decía Benedicto XVI que estamos en tiempos en los que los ancianos ignoran cosas que antes los niños sabían. Me parece muy cierta, aunque lamentable, esta afirmación. Considero que muchas personas ignoran nociones que antes eran básicas para iniciar discusiones sobre cualquier tema y llegar, si no a un acuerdo, al menos a un entendimiento mínimo. Pregunte usted algo tan básico como las «normas del buen oyente y del buen hablante», y le sorprenderá la cantidad de personas que no saben responder.
Se ha visto, además, que empresas como Meta están siendo llevadas a juicio por los efectos negativos que generan, especialmente en los jóvenes. Uno de ellos es la polarización; es decir, la radicalización en la que caen muchas personas respecto a sus posturas, principalmente porque el algoritmo les refleja solo aquello que coincide con sus opiniones. Esto crea una falsa sensación de tener la razón y refuerza sus puntos de vista, fenómeno al que se le ha llamado «cámara de eco» o «de resonancia». Por todo lo anterior, me parece fundamental reflexionar sobre nuestra necesidad de pedirle a Dios que reavive nuestra conciencia.
Empezaré por lo más básico, ya que he visto que hay quien no sabe distinguir entre conciencia y consciencia. La diferencia principal radica en el ámbito al que se refieren: conciencia abarca el juicio moral y ético (distinguir el bien del mal), mientras que la consciencia se refiere a la capacidad cognitiva de percibir la realidad y darnos cuenta de nosotros mismos y del entorno.
La Real Academia Española (RAE) permite la intercambiabilidad de estos términos en el sentido de percepción o conocimiento reflexivo (darse cuenta de algo); por ello, acepta el uso de conciencia como equivalente de consciencia (por ejemplo: «tomar conciencia» o «tomar consciencia» son válidas). Sin embargo, la conciencia es exclusiva para asuntos morales o éticos, por lo que en ese contexto solo debe usarse la forma sin -s- (nunca se escribe «conciencia moral»). Por su parte, el adjetivo siempre conserva la -sc- en ambos casos: consciente e inconsciente.
La noción que tengamos de Dios, del bien o del mal influye directamente en nuestro proceso de toma de decisiones, pues determina qué tan relevante nos resulta actuar de forma correcta o incorrecta en cada situación. El Antiguo Testamento nos muestra cómo figuras como los profetas se veían impelidas a denunciar el mal porque la voz de Dios en su conciencia no los dejaba permanecer indiferentes.
Un buen camino para reavivar nuestra conciencia nos lo ha dado recientemente el papa León XIV en su carta apostólica In unitate fidei:
«El Credo de Nicea nos invita a un examen de conciencia. ¿Qué significa Dios para mí y cómo doy testimonio de la fe en Él? ¿Es el único y solo Dios realmente el Señor de la vida, o hay ídolos más importantes que Dios y sus mandamientos? ¿Es Dios para mí el Dios viviente, cercano en toda situación, el Padre al que me dirijo con confianza filial? ¿Es el Creador a quien debo todo lo que soy y lo que tengo, cuyas huellas puedo encontrar en cada criatura? ¿Estoy dispuesto a compartir los bienes de la tierra, que pertenecen a todos, de manera justa y equitativa? ¿Cómo trato la creación, que es obra de sus manos? ¿La uso con reverencia y gratitud, o la exploto y la destruyo, en lugar de custodiarla y cultivarla como casa común de la humanidad?»
Responder a estas preguntas planteadas por el Papa constituye un excelente punto de partida para examinar qué noción tengo de Dios y cuánto influye en mi comportamiento diario. En una época marcada por la polarización, los bombardeos ideológicos y constantes atentados contra la moral y la fe, se hace indispensable pedirle a Dios que reavive nuestro discernimiento y nos conceda la sabiduría para obrar según su voluntad. Reavivar la conciencia no es un simple ejercicio intelectual ni un debate de redes sociales; es una tarea del corazón que empieza en lo cotidiano. En la segunda parte de este artículo, profundizaré en cómo pasar de este examen interior a criterios concretos para actuar con una conciencia recta en medio del ruido del mundo actual. Dios con nosotros