Reírse y celebrar que un coronel al que habían puesto de vigilante nocturno deje en ridículo a Edman Lara no es ningún chiste para la democracia. Más allá de cualquier circunstancia, se trata del vicepresidente de Bolivia, una autoridad electa y que representa las leyes y la constitución. Nunca habíamos visto semejante despropósito en toda la historia democrática, cuyo mérito principal, precisamente, es haber superado la nefasta era dictatorial, con militares haciendo de las suyas, corrupción, despilfarro, narcotráfico, abusos y toda clase de atropellos. En todo caso, hemos visto el extremo opuesto, el cocalero Morales burlándose de las fuerzas del orden, productores de coca ligados al narcotráfico interviniendo cuarteles en el Chapare y militares arrodillándose ante contrabandistas, ladrones de autos y toda clase de mafias que dominan el territorio nacional. Ha sido tal la degradación que hemos vivido, que la tabla de salvación vino en forma de un capitán de policía impresentable que no merece respeto como persona, aunque sea el vicepresidente elegido por nosotros mismos.