“No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena” (Mt 10,28).
Hoy es el XXV aniversario de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Me acuerdo bien de este día. Estaba preparando mis clases para el Seminario cuando un compañero me dijo que una avioneta había chocado contra una de las Torres Gemelas en Nueva York. Después de verificar por internet que había sido algo más que una avioneta, fui a encender mi televisor, suponiendo que habría noticias en vivo. Esa mañana, los fuertes vientos en Santa Cruz habían desconectado el cable de la antena; cuando finalmente fue reconectado, ya había caído una de las torres. Al presenciar lo que estaba sucediendo, quedé devastado.
Los terroristas seleccionaron estratégicamente vuelos transcontinentales para maximizar la cantidad de combustible en sus tanques, convirtiendo los aviones en misiles humanos. Los ataques cobraron la vida de 2.977 personas, una tragedia mayor que el ataque a Pearl Harbor durante la Segunda Guerra Mundial. Hubo víctimas de 102 países, incluyendo a dos compatriotas bolivianos: Jeannieann Maffeo y Luis Ramón López. En una sobrecogedora coincidencia de la historia, la fecha del atentado coincidió exactamente con el 9-1-1, el número telefónico para servicios de emergencia en los Estados Unidos. Gran parte de los fallecidos en las torres eran rescatistas, y la primera víctima oficialmente registrada fue un sacerdote católico, el capellán franciscano del cuerpo de bomberos de Nueva York. Posteriormente, me enteré del pánico vivido por mi propia hermana, quien trabajaba en Washington, D. C.; quedó atrapada en el caos del tráfico al tratar de evacuar la ciudad, bajo una nube de incertidumbre colectiva.
Como ciudadano y misionero estadounidense, uno de mis mayores e inmediatos temores fue la naturaleza de la respuesta de mi país de origen. Compartía la absoluta indignación por este acto de barbarie y terror, pero temía que la herida pudiera provocar una espiral de violencia aún peor. El dolor se hacía más agudo al ver que, aquí mismo en Bolivia, existían sectores radicalizados que celebraban el ataque y defendían a los terroristas, en vez de condenar semejante maldad. Por cierto, no todo lo que hace la potencia del norte es digno de alabanza, pero bajo ninguna circunstancia puede haber justificación moral para la crueldad del terrorismo.
Frente al poder del mal, los cristianos recurrimos al Todopoderoso. Dos semanas después de los ataques, mi parroquia, La Santa Cruz, organizó un encuentro ecuménico de oración por la paz a los pies del Palacio de Justicia en Santa Cruz. En aquel entonces, como edificio nuevo de 22 pisos, era la única torre alta de la ciudad, una escala humilde frente a los 110 pisos de las Torres Gemelas. Logramos reunir a unas 500 personas en un clamor unánime. Aquel espíritu de intercesión sigue siendo urgente hoy en Bolivia, donde las visiones irreconciliables de país nos mantienen en un estado de confrontación permanente y parálisis social.
Trágicamente, un cuarto de siglo después, constato que Estados Unidos sigue siendo un país profundamente traumatizado. Cuando una nación no sana sus heridas espirituales, el miedo se convierte en ley y da paso al abuso de su potencia bélica en el extranjero. A nivel interno, ese mismo trauma ha vuelto permeable a la sociedad ante discursos políticos que fomentan el rechazo hacia los migrantes hispanos, justificando tratos crueles e inhumanos contra los indocumentados en los procesos de deportación. La seguridad nacional jamás debe edificarse sobre la deshumanización del prójimo. Al igual que nuestra Bolivia, mi patria de origen urge de una profunda reconciliación y de una sanación que solo nace al deponer las armas de la soberbia y del temor.
“Felices los afligidos, porque serán consolados” (Mt 5,4).
Querido lector, Dios te bendiga.