Hay fechas que se miden en calendarios y hay fechas que se miden en resultados. Los mil días de gestión de Javier Milei al frente de la Casa Rosada pertenecen, sin duda, a la segunda categoría. Cuando un país que llegó a rozar la hiperinflación logra bajar su índice de precios del 25,5% mensual de diciembre de 2023 al 2,1% de julio de 2026, no estamos ante un simple ajuste técnico: estamos ante la reconstrucción de la variable que, más que ninguna otra, había destruido durante décadas la confianza de los argentinos en su propia moneda y en su propio futuro.
Ese es el logro central del período, y conviene no perderlo de vista en medio del ruido cotidiano de la política. La inflación no es un dato de laboratorio: es el impuesto más regresivo que existe, el que golpea primero y más fuerte a quien menos tiene. Que Argentina haya pasado de una inflación anual del 211% en 2023 a guarismos mensuales de apenas 2% es, en términos históricos, una hazaña que pocos gobiernos de la región pueden exhibir.
El ordenamiento fiscal acompaña esa historia. Por primera vez en mucho tiempo, el Estado argentino gasta lo que recauda: superávits primario y financiero sostenidos desde 2024, con una reducción del gasto público primario del 30% en términos reales en los dos primeros años de gestión. Ese esfuerzo, lejos de ser gratuito, es la base sobre la que se construye cualquier estabilidad duradera. Sin déficit crónico no hay necesidad de emitir, y sin emisión descontrolada no hay inflación galopante. La ecuación, tan simple como esquiva para gobiernos anteriores, finalmente se está resolviendo.
Los números sociales también cuentan una historia que merece ser contada: la pobreza cayó cerca de un tercio, hasta ubicarse en el nivel más bajo desde 2018, y la indigencia retrocedió de manera consistente. La Asignación Universal por Hijo se duplicó en términos reales, un dato que desmiente la idea de que el ajuste se hizo a espaldas de los más vulnerables. Argentina, además, exhibe hoy el mayor superávit comercial externo desde 2009, con dieciocho meses consecutivos de resultados positivos, y una deuda total que se redujo en más de 17.000 millones de dólares.
El plano internacional ofrece otra dimensión del reordenamiento. La alianza con Washington permitió sostener al peso en momentos de fuerte presión cambiaria, mientras que el pragmatismo mostrado hacia China —pese a la retórica de campaña— se tradujo en una línea de intercambio de 19.000 millones de dólares que refuerza las reservas del Banco Central. Pocas veces un gobierno argentino logró, al mismo tiempo, buena relación con Washington y con Pekín.
Es cierto que el camino no ha sido indoloro. Los salarios registrados todavía no recuperan los niveles previos y sectores como la industria y la construcción atraviesan una transición exigente frente a la apertura comercial. Pero conviene recordar que ninguna transformación estructural de esta magnitud se completa sin costos de corto plazo, y que la propia historia argentina demuestra que posponer los ajustes solo multiplica el sufrimiento futuro.
Milei ha prometido profundizar las reformas si logra la reelección: más desregulación, más baja de impuestos, una apuesta decidida por la inteligencia artificial como motor de crecimiento. Si los primeros mil días sirven de indicador, el país tiene, por primera vez en años, una hoja de ruta clara y sostenida en el tiempo. La tarea pendiente es traducir la estabilidad macroeconómica en empleo y salarios; el desafío político, sostener el rumbo sin perder el respaldo social que lo hizo posible. Pero el diagnóstico de fondo es innegable: Argentina dejó de ser, por primera vez en mucho tiempo, sinónimo de crisis permanente.
Fernando Alsina Prieto