En el peor momento de su mandato presidencial, Rodrigo Paz decidió no dar la cara. Después de diez días de silencio frente a un escándalo de proporciones mayúsculas, apareció en un mensaje grabado con todos los ingredientes de un spot propagandístico: poses estudiadas, lenguaje de TikTok y una puesta en escena más apropiada para Instagram que para un país que reclama explicaciones.
Su mensaje pareció responder más a las recomendaciones de un influencer que a las exigencias de un presidente. Y lo peor es que varias de sus afirmaciones fueron desmentidas casi inmediatamente. Cuando un Gobierno enfrenta una crisis, el ciudadano espera autoridad, claridad y decisiones, no un video cuidadosamente producido para las redes sociales.’
Paz ha convertido la delegación improvisada en una forma de gobierno. Todo se encarga, todo se deriva, todo termina en manos de alguien de su confianza. El problema es que confianza no significa necesariamente capacidad y mucho menos confiabilidad.
Ahí aparece el caso de Fernando Cerimedo, convertido en una suerte de todólogo capaz de ofrecer recetas para el dólar, el combustible, la comunicación, la política y hasta las relaciones internacionales. Es el personaje perfecto para un mandatario que necesitaba no un asesor, sino una muleta. Se trata de un sujeto envolvente que logró una cercanía extraordinaria con el Presidente y hasta lo acompañó en reuniones de alto nivel en Estados Unidos. Cerimedo entendió algo esencial: la debilidad de Paz y su necesidad de encontrar a alguien que le resolviera todo.
El mayordomo perfecto, dicen, es el que se ocupa de todo mientras el señor del castillo está ausente. Pero aquí no hay nobleza ni buen gusto: hay un vacío de liderazgo ocupado por oportunistas sin escrúpulos, aprovechando a un mandatario que confunde el hartazgo con la estrategia y el silencio con la prudencia.
Paz parece rodearse de personas que le brindan una seguridad que él mismo no posee. Los buenos gobernantes delegan tareas, pero no delegan el gobierno. Los buenos líderes escuchan a sus equipos, pero toman personalmente las decisiones difíciles. Y, sobre todo, asumen las consecuencias.
Quizá en Bolivia existan funcionarios capaces de resolver el desastre del diésel, ordenar las cuentas públicas, enfrentar el dólar y reconstruir la institucionalidad. Pero probablemente esa gente le exigiría al Presidente disciplina, trabajo, decisiones incómodas y responsabilidad. Y esa parece ser precisamente la parte que Paz no quiere asumir.
Tal vez quiere solucionar los problemas. Tal vez realmente le duele el corazón, como dice. Pero gobernar no consiste en sentir dolor ni en anunciar buenas intenciones. Gobernar es decidir. Y mientras Paz delega, otros ocupan el espacio vacío. Aparecen los oportunistas, los viejos operadores, los que venden humo, los que ponen un parche sobre otro, hasta que alguien tenga que admitir que no se está gobernando, sino administrando el caos.
Paz parece rodearse de personas que le brindan una seguridad que él mismo no posee. Los buenos gobernantes delegan tareas, pero no delegan el gobierno. Los buenos líderes escuchan a sus equipos, pero toman personalmente las decisiones difíciles. Y, sobre todo, asumen las consecuencias.