Editorial

Aprovechar la crisis

Editorial | | 2026-08-29 09:20:00

Winston Churchill inmortalizó una máxima que suele malinterpretarse como mero cálculo político: «Nunca desperdicies una buena crisis». Para el estadista británico, la frase no era una invitación al oportunismo, sino una advertencia sobre la cobardía institucional. Frente a la amenaza del nazismo, la tentación natural de la política tradicional era matizar la amenaza, buscar atajos y ofrecer falsas esperanzas para contener el pánico. Churchill hizo exactamente lo contrario: miró el abismo de frente, desnudó la realidad ante sus ciudadanos y les prometió únicamente sangre, sudor y lágrimas.

Al negarse a adornar la tragedia, transformó el desastre militar en el combustible de una movilización sin precedentes. Churchill entendió que la verdad cruda es el único cimiento sobre el cual se construye la confianza pública en tiempos de tormenta. Las reformas radicales que en épocas de paz habrían enfrentado una parálisis burocrática insuperable se ejecutaron en semanas porque la sociedad comprendió que no había margen para la simulación.

La lección churchilliana cobra una vigencia apremiante en el escenario boliviano. El país atraviesa un agotamiento sistémico caracterizado por la erosión de las reservas, la escasez de divisas, el desabastecimiento de carburantes y la corrosión de la credibilidad institucional. La respuesta ha sido la tibieza: intentar suavizar la profundidad del colapso, ceder ante mafias políticas intransigentes o apelar a parches graduales para no asumir el costo político de las decisiones difíciles.

El riesgo de esta moderación timorata no es solo el deterioro económico; es abrirle de par en par la puerta al retorno del causante de la mayor destrucción que se haya visto en el país. Quienes condujeron a Bolivia hacia el callejón sin salida acechan en las sombras, aguardando que el desencanto social acabe con la esperanza democrática. Creer que se puede neutralizar la amenaza del radicalismo populista mediante el disimulo o la negociación es un error táctico fatal. Frente a un modelo que se alimentó del sometimiento institucional y el chantaje en las carreteras, la ambigüedad gubernamental equivale a una rendición en cuotas.

Aprovechar la crisis exige romper con el gradualismo y la retórica edulcorada. Rodrigo Paz debe tener el coraje de explicarle al país la dimensión exacta del costo de la reconstrucción, sin vender milagros ni esconder los sacrificios requeridos. Exige aplicar la ley con firmeza ante el bloqueo extorsivo, purgar sin contemplaciones la corrupción interna para mantener la solvencia moral y ejecutar las transformaciones que liberen las fuerzas productivas de las regiones.

Una crisis solo se desperdicia cuando los gobernantes prefieren la comodidad del eufemismo antes que la incomodidad de la verdad. La ciudadanía no sigue a quien le promete que la tormenta no existe, sino a quien demuestra la templanza necesaria para atravesarla. Si la alternativa democrática en Bolivia aspira a consolidarse, debe entender que la credibilidad no se negocia: se conquista enfrentando la realidad sin matices.

Aprovechar la crisis en Bolivia exige romper de forma drástica con el gradualismo y la retórica edulcorada. Un liderazgo responsable debe tener el coraje de explicarle al país la dimensión exacta del costo de la reconstrucción, sin vender milagros ni esconder los sacrificios requeridos.