Miradas

El Presidente que no sabía decidir

El Presidente que no sabía decidir
Diego Ayo | Cientista político
| 2026-08-28 07:31:11

Usualmente demarcamos la política en base a una dualidad: izquierda y derecha. Sin embargo, conviene escapar de esa lectura. Impide ver lo que debemos ver hoy en día: un Presidente incapaz de tomar decisiones.

Lo puedo imaginar concentrado en una reflexión budista buscando que la decisión se le arrime, lo invite a bailar, lo seduzca. No ocurre: la señora Decisión no se arrima, no lo invita a bailar y, ¡ay, mi Dios!, no se deja seducir, aunque el señor Paz Pereira detente la medalla presidencial de 22 kilates de oro.

¿O sea? O sea, tenemos un nuevo juego dual en ciernes: los decididos versus los indecisos. Ese es el novedoso eje temático-conflictivo que conviene rescatar.

¿Hay ejemplos? Sí, la Alemania de Weimar. Tras la crisis financiera mundial de 1929, Alemania quedó sumida en una brutal crisis económica. En ese ambiente, los partidos democráticos moderados fueron incapaces de formar coaliciones y se la pasaron bloqueándose mutuamente. Asimismo, los gobiernos de la época recurrieron sistemáticamente a gobernar por decreto presidencial ante la imposibilidad de aprobar leyes. Esta realidad vació de contenido a aquella Asamblea Legislativa y acostumbró a la ciudadanía a la idea de que el debate democrático era inútil.

¿Qué sucedió? La sociedad alemana, exhausta de ver un gobierno tras otro caer en la inacción mientras la economía se derrumbaba y las calles se llenaban de violencia paramilitar, comenzó a perder toda fe en la democracia parlamentaria. Adolf Hitler y el Partido Nacionalsocialista capitalizaron ese hartazgo. Su discurso no solo atacaba a los judíos o al Tratado de Versalles, sino que machacaba constantemente contra la "charla inútil" de los políticos demócratas, prometiendo un poder fuerte, centralizado y con capacidad de decisión inmediata. La indecisión política nos legó a ese tirano.

Otro ejemplo es Perú. Cuando Alberto Fujimori llegó a la presidencia, en 1990, Perú atravesaba uno de los momentos más oscuros de su historia: el país heredaba una hiperinflación descontrolada del 7.000 % anual. Sendero Luminoso y el MRTA ejecutaban atentados, coches bomba y asesinatos sistemáticos en todo el país. Fujimori aplicó de entrada un ajuste económico drástico, el Fuji shock, que logró frenar la hiperinflación, aunque sin el apoyo de los partidos tradicionales.

Ante esa falta de apoyo y su consecente parálisis, Fujimori decidió no buscar un pacto político. Por el contrario, decidió romper el sistema democrático disolviendo el Congreso. ¿Tuvo éxito? Sí. La ciudadanía peruana asociaba el debate parlamentario con pérdida de tiempo, corrupción e inoperancia frente a la muerte y la miseria diaria. Por ende, más del 70 % de la población aprobó la disolución del Congreso. La indecisión política marcó el destino de este país y lo catapultó como un régimen autoritario.

Un tercer caso, para acercarnos a nuestra realidad, fue el gobierno de Carlos Mesa de 2003 a 2005. Mesa conformó un gobierno de técnicos sin bancada propia. Rechazó pactar con los partidos tradicionales, el MNR, MIR y ADN, buscando mantener una imagen de pureza moral. Sin embargo, gobernar sin una coalición parlamentaria ni un partido de base equivalía a no tener herramientas para convertir las decisiones en leyes.

Por ese motivo, durante sus 19 meses de gestión, esta actitud complaciente paralizó al gobierno. Terminó convirtiendo reformas de la bolivianidad, como la Ley de Hidrocarburos o la misma Asamblea Constituyente, en banderas del MAS. La indecisión del Primer Mandatario fabricó el plan de gobierno del partido liderado por Evo Morales que, a la postre, no sólo derivaría en un régimen de autoritarismo competitivo, sino de ineptitud y corrupción galopantes.

¿Qué es lo que podemos afirmar? La República de Weimar creó al hitlerismo, la democracia atolondrada del Perú pavimentó el terreno para una solución autoritaria en manos del fujimorismo y aquella actitud ambivalente y con aire democrático (“no habrá un solo muerto en mi gobierno”) de Mesa sentó las bases para el surgimiento del masismo.

¿Por qué hago un recuento de estos casos? Porque el presidente Paz Pereira es la encarnación de la indecisión. Lo suyo es dejar que la violencia se privatice. Sí, repito el término: se privatice. Cuando el gobierno no interviene, las calles, plazas, avenidas dejan de ser espacios públicos. Se transforman en espacios privados.

La sociedad “revolucionaria” adquiere el dominio de estos espacios y controla la política. Esta política, vaya desgracia, comienza a ser ajena al gobierno. Al perder la política por vocación presidencial, convierte la indecisión en parálisis. Y la parálisis nos arroja a una salida autoritaria. Una nueva salida autoritaria como herencia a la indecisión. ¿El MAS reconstruido de nuevo? No lo sé, pero el panorama se tiende a nublar con notable eficacia.

La historia no miente…

Diego Ayo | Cientista político