El arte no puede ser arrogante. No puede instalarse en medio de la calle, imponerse ante todos y exigir respeto, admiración y exaltación, esperando que nadie lo cuestione, critique, rechace o incluso intente destruirlo simplemente porque alguien decidió que es superior. La libertad artística es fundamental, pero no concede a los artistas una libertad jerárquicamente superior a la del resto de los ciudadanos. El arte tiene derecho a provocar, incomodar y desafiar; precisamente por eso debe aceptar que también puede provocar rechazo, indignación o respuesta. Si el artista reclama libertad para expresarse, debe reconocer esa misma libertad en quien piensa diferente, incluso cuando considere vulgar, ignorante o inferior su reacción. Convertir el arte en una autoridad moral intocable es una forma de arrogancia. El verdadero arte no necesita decretar su superioridad: se defiende por su fuerza, por su belleza, por su capacidad de conmover o transformar. Y cuando ocupa el espacio público, debe recordar que ese espacio pertenece a todos, no exclusivamente a quienes se consideran artistas.