Editorial

Narcocultura al rojo vivo

Hay quienes toman a la ligera que la hermana de uno de los narcotraficantes más buscados del mundo se haya convertido en una celebridad en Santa Cruz...

Editorial | | 2026-08-26 00:04:00

Hay quienes toman a la ligera que la hermana de uno de los narcotraficantes más buscados del mundo se haya convertido en una celebridad en Santa Cruz. La ven bella, simpática, le piden fotos y la consideran digna de representar el Carnaval o de ser azafata de la Feria Exposición. Nadie pregunta de dónde sale el dinero que paga sus lujos y sus costosos abogados, pese a que no tiene un trabajo conocido que lo explique. Eso no es ingenuidad colectiva: es narcocultura funcionando exactamente como está diseñada para funcionar.

Quienes minimizan el fenómeno repiten que el narcotráfico puede representar una salida económica válida para el país. Los hechos lo desmienten: Bolivia es uno de los mayores productores de cocaína y no tiene miras de llegar a ser una potencia. El Chapare y los Yungas son grandes centros de fabricación de cocaína y jamás dejarán de ser zonas marginales. Afganistán, primer productor mundial de opio, es uno de los países más pobres del planeta. El narcotráfico no construye naciones: las vacía por dentro.

Santa Cruz ya vivió este espejismo. En los años ochenta del siglo pasado, durante la narcodictadura Garciamesista, los traficantes eran recibidos en clubes, admirados por sus fiestas, dueños de membresías de honor que parecían importar más que la pregunta obvia: ¿de dónde sale la plata? El dinero compraba prestigio y aceptación social, incluso en las comparsas y fraternidades, donde bastaba con poder pagar la fiesta.

Esa complacencia terminó de la peor manera. El 5 de septiembre de 1986, Noel Kempff Mercado —un prestigioso científico querido y admirado por todos— fue asesinado en una de las mayores fábricas de cocaína descubiertas en Bolivia. Después vino el crimen de un diputado, y detrás de ambos, una tragedia que ya se había cobrado juventudes devoradas por la droga y la violencia, familias destruidas y pueblos enteros del norte cruceño convertidos en engranaje del narcotráfico.

No hace falta llegar al extremo mexicano de los narcocorridos o los "santos" populares del crimen para reconocer que ya vamos en esa dirección. El verdadero peligro de la narcocultura no es que todos quieran ser narcotraficantes, sino que empiecen a admirar lo que el narcotráfico produce: que el criminal deje de parecer criminal y empiece a parecer exitoso.

Detrás del glamour, los vehículos y las fiestas hay una realidad mucho menos fotogénica: drogas, violencia, corrupción, muerte. La sociedad cruceña no puede permitirse el lujo del relativismo cuando lo que está en juego es la formación moral de sus hijos. Frente al espejismo narco, la única respuesta sensata es la memoria histórica y una pregunta simple, radical, que no debería dejar de hacerse nunca: ¿de dónde viene ese dinero?

Debemos ser inflexibles. No por moralismo, sino para proteger a las nuevas generaciones. Porque detrás del lujo, las fiestas, los vehículos y el glamour llega una factura muy dolorosa. El narcotráfico puede construir fortunas, pero jamás construye sociedades prósperas. Su mayor triunfo no es vender cocaína, es conseguir que una sociedad admire al que la vende.

Cuando una sociedad deja de preguntar de dónde viene una fortuna y sólo admira lo que esa fortuna compra, ya está gestando narcocultura. El mayor triunfo del narcotráfico no es vender droga: es lograr que lo admiren.