Cartuchos de Harina

Los ya inútiles ejemplos de Kirchner

Los ya inútiles ejemplos de Kirchner
Gonzalo Mendieta Romero | Periodista columnista
| 2026-08-23 08:33:12

Néstor Kirchner tomó el poder en 2003. Era apenas un delegado del verdadero hombre fuerte del peronismo: Eduardo Duhalde. Kirchner venía de gobernar una provincia sin importancia del sur argentino, en la que ya había impuesto su puño.

Ni bien posesionado, Kirchner pidió la renuncia de los magistrados de la Corte Suprema para neutralizar a una mayoría fuera de su control. En la interna peronista, jubiló a su padrino Duhalde, luego de hacerlo con Menem en las elecciones.

Kirchner renovó los mandos militares y policiales, enviando al retiro a muchos. También le bajó la caña al poder armado, anunciándole en su cara que no le tenía miedo, en un desafiante discurso. Y dispuso en persona el retiro de las fotos de Videla & Cía. de las instituciones castrenses. Comenzó por el patio de honor del Colegio Militar.

Kirchner mantuvo al competente Roberto Lavagna como ministro de Economía. Kirchner fue eficaz y ágil en esa tarea. Se dio el lujo de blandir el látigo a las desventuras del FMI en Argentina, aprovechando su impopularidad. En esa época los funcionarios del Fondo imponían políticas a los Estados, pero sin la responsabilidad de una autoridad electa o designada. El FMI no evoca con orgullo esos años, particularmente por el ejemplo de lo que hizo en Argentina.

Obviamente que Kirchner desplegó prácticas non sanctas en la contratación pública y en la convivencia política. Continuaba así la tradición que había instituido antes en la provincia de Santa Cruz, cuando la gobernó. Muchas de sus beligerantes posturas no están listadas en el Manual de etiqueta del buen liberal.

Esta no es una elegía porque Kirchner ya no esté entre nosotros, y menos una apología. Es un apunte de cómo un político secundario reunió rápidamente desde la presidencia un capital político y simbólico, a partir de golpes de efecto, de su claridad situacional y de neutralizar a los poderes rivales.

Ninguna de esas medidas estaba escrita en una ley ni fue parte de su programa de gobierno. Tampoco Kirchner estuvo atento a lo que le aconsejara algún gurú importado. Cuando Kirchner visitó Sucre, Carlos Mesa acababa de ganar el referéndum del gas. Kirchner estaba aburrido en los museos que la comitiva de recepción le hizo recorrer. Como siempre, su libido iba concentrada en el poder, al grado de que su comentario fue que, con el resultado del referéndum, Mesa tenía todo para reinar.

Kirchner ciertamente poseía un colmillo peligroso. Pero podríamos elegir otro ejemplo, allende los mares. El general De Gaulle fue presidente a fines de los años 50 con el auspicio indirecto de una rebelión militar francesa en Argelia. Para no hablar del Paz Estenssoro, que llegó de Buenos Aires en abril de 1952 y echó por la borda los llamados de reconciliación nacional de su vicepresidente Siles Zuazo.

Kirchner, De Gaulle o Paz Estenssoro quizá son ejemplos extremos, salidos de coyunturas excepcionales. Esas en las cuales el carácter es el destino, para citar a Heráclito. No todo gobernante pertenece a ese club ni desciende de la estirpe maquiavélica. Incluso, es deseable un príncipe eficaz, astuto y de buen corazón, una rarísima especie.

Rodrigo Paz ha seguido un trayecto de poder inverso al de Kirchner. Los poderes reales se mantuvieron intocados estos meses. El Gobierno ha ido de anodino a ruinoso. A tal grado que la Policía, la Fiscalía y los magistrados judiciales no se ven proclives a cuidarle las espaldas. Por el contrario, abrirle un proceso penal de oficio por legitimación de ganancias a Cerimedo indica a dónde se dirigen los poderes fácticos. No se puede ya pedir ayuda a Batman, y mucho menos a Robin.

El único gesto de fuerza del Gobierno fue encarcelar a un políticamente huérfano Luis Arce, remachando un precedente un tanto peligroso, digo yo ahora. Los dirigentes sindicales, Evo, el comandante policial (para el cual las prioridades del Gobierno no son las suyas), el fiscal general, los lideres opositores y los cooperativistas mineros, para citar a algunos poderosos, ya han tasado el puño del Gobierno, su ineptitud y varias de sus pecaminosas manías. Lo demás acaso sea una simple consecuencia.

Gonzalo Mendieta Romero | Periodista columnista