Tribuna

Las propias catástrofes y terremotos de Bolivia

Las propias catástrofes y terremotos de Bolivia
Javier Medrano | Periodista columnista
| 2026-08-20 00:08:00

En las últimas semanas, el mundo ha visto con dolor y estremecimiento los terremotos de Venezuela —primero en La Guaira y Caracas— y de Cali, Colombia, después. En el primero, constatamos la absoluta indigencia en la que el chavismo y luego el madurismo dejaron a todo el pueblo venezolano frente a una situación de emergencia nacional. No hubo ningún protocolo de asistencia inmediata para atender semejante sismo que golpeó a la población venezolana, dejándola en una situación de absoluta vulnerabilidad. Salieron a la luz construcciones mal hechas y diseñadas solo para el peculio personal de los chavistas, entregando edificios y casas, bajo el mote de viviendas sociales, con materiales de construcción de pésima calidad. Todo ello, a sabiendas de que, bajo los pies de los venezolanos, la tierra cruje.

En Colombia hubo protocolos y una respuesta rápida, y las distintas instancias supieron qué hacer de manera ágil. Quizás por su pasado difícil, marcado por tantas bombas del narcotráfico y las constantes amenazas a la seguridad ciudadana. Y luego le siguieron otros movimientos sísmicos en esta región conocida como el Cinturón de Fuego del Pacífico, una gran franja en forma de herradura de más de 40.000 kilómetros de largo que rodea el océano Pacífico y atraviesa una serie de zonas geográficas y países que han temblado casi en un efecto dominó.

Esta especie de herradura sísmica concentra casi el 90 % de la actividad sísmica mundial y, por si fuera poco, aglutina aproximadamente el 75 % de los volcanes activos de todo el mundo, a causa del constante movimiento de las placas tectónicas.

A sabiendas de que estos innumerables países se encuentran bajo este terrible cinturón, casi la totalidad de ellos cuenta con protocolos de respuesta inmediata, estrategias de contención, roles definidos para la Policía, los militares, los bomberos e incluso los ciudadanos, además de instrucciones sobre qué deben o no hacer en sus hogares para encarar, de la mejor manera posible, un terremoto y salvaguardar sus vidas.

Así lo hace Japón, por ejemplo. A sabiendas de que su gente camina y vive sobre estas energías telúricas descomunales, sus habitantes viven en función de protocolos. Y todos obedecen a rajatabla dichas normativas, por la sencilla razón de que las probabilidades de salir vivos de un desastre natural son mayores. Sin mencionar las tremendas normas de calidad para la construcción de viviendas y edificios, que casi rayan en lo absurdo. ¡Porque hay vidas de por medio!

Aunque el título de la columna que encabeza estas líneas hace referencia a catástrofes naturales, el parangón con un desastre político puede configurarse en un paralelismo peligroso, ya que la vulnerabilidad que multiplica la negligencia, la corrupción y la inoperancia en la administración de la cosa pública también puede acarrear consecuencias de destrucción social, desestabilización institucional, corrupción y una larga lista de daños al bienestar social y común del ciudadano.

Cabría, entonces, preguntarse en qué condiciones una catástrofe de origen político puede convertirse también en un sismo sin parangón. Lo vivió Gonzalo Sánchez de Lozada con el inhumano bloqueo de Morales, junto a la recua de miserables que lo acompañaron durante todo su nefasto gobierno, y que obligó a una transición política compleja y a unas elecciones adelantadas. Con la posterior victoria del cocalero, se abrió el ciclo más oscuro de la historia boliviana.

Luego vino un sismo cívico-popular que, con sus pititas, hizo temblar la torre evista, con la posterior huida cobarde a México de García Linera y Morales. La tierra pareció calmarse, pero el gobierno de transición de Jeanine enfrentó una pandemia —cuando no existía ningún protocolo a nivel mundial para semejante emergencia sanitaria— y toda la estantería política nuevamente se desmoronó.

Lo peligroso es que, hasta la fecha, después del mediocre y corrupto gobierno de Arce Catacora, el resultado de una tragedia por causas políticas permanece abierto: la administración de la crisis puede fortalecer al actual gobierno, si demuestra capacidad de gestión, o acelerar su desgaste irreparable, jalando de nuevo a todo el país a un escenario de caos y tensiones sociales.

No hay una ruta crítica. No hay un plan de contingencia. No hay un plan de gobierno. No hay una línea mínima de trabajo. Lo que no ha hecho es muchísimo más que lo poco o nada que ha hecho. Todo retumba, las paredes crujen y el suelo se está abriendo, y no hay reacción. De ninguna naturaleza. ¡Ninguna!

Una catástrofe abre una coyuntura crítica, pero no decide necesariamente ni su dirección ni su resultado. Y en esa área gris, cada vez más ancha y profunda, nos encontramos en pleno terremoto a la boliviana: no hay gasolina, no hay diésel, la matriz energética está en crisis, no hay gestión, no hay liderazgos, no hay coraje ni valor. Y muchos decidieron irse, dejando atrás también su inoperancia cómplice y su cobardía.

Cuando la tierra deje de temblar y de dar cimbronazos, seguramente habrán cambiado los cimientos del poder. Pero la factura la pagaremos todos los bolivianos. Una vez más.

Javier Medrano | Periodista columnista