Pocos objetos han sido tan malinterpretados como el alambre de púa. En ciertos círculos se lo ha convertido en símbolo de exclusión: aparece en portadas de libros, en discursos, en relatos que buscan retratar al modelo cruceño como avaro, cerrado, egoísta. Pero quien conoce su historia sabe que están leyendo el símbolo al revés. El alambre de púa no separó a los hombres de la civilización: los introdujo en ella.
Antes de su invención en 1874, el territorio agrícola y ganadero del oeste americano —y, guardando las proporciones, buena parte de las tierras productivas del mundo— vivía bajo una lógica de disputa constante. Sin límites claros, no había forma de saber qué pertenecía a quién. El ganado se mezclaba, las cosechas ajenas eran pisoteadas y los conflictos se resolvían a punta de pistola. Era, literalmente, la ley del más fuerte.
El alambre de púa terminó con esa guerra sangrienta muy bien retratada en algunas películas del salvaje oeste. Permitió, por primera vez y a bajo costo, que un pequeño productor delimitara lo suyo, lo defendiera, lo mejorara con la certeza de que el fruto de su esfuerzo sería para él y su familia. Eso no es avaricia: es la base misma del orden civilizado.
La propiedad privada es, ante todo, un sistema de responsabilidad. Quien es dueño cuida, invierte, repara, piensa en el largo plazo, porque el beneficio y el costo recaen sobre la misma persona. Es exactamente lo opuesto a lo que ocurre cuando nadie es dueño de nada, o cuando el Estado dice serlo en nombre de "todos". La historia es categórica en esto: allí donde se abolió la propiedad privada de la tierra —en la Ucrania colectivizada, en la China del Gran Salto Adelante— la respuesta no fue prosperidad compartida, sino hambruna. Allí donde los bosques, los ríos y los mares quedaron sin dueño real, la respuesta fue la sobreexplotación, porque el que no tiene nada que perder no tiene nada que cuidar.
El modelo cruceño no nació de la exclusión: nació de gente que llegó con las manos vacías, cercó un pedazo de monte, lo trabajó y lo convirtió en riqueza. Ese cerco no le negó nada a nadie: multiplicó lo que antes no existía. Por eso Santa Cruz se convirtió en el único polo de desarrollo real de Bolivia, el único que genera empleo, alimentos y oportunidades a un ritmo capaz de recibir, año tras año, a cientos de miles de bolivianos que huyen del occidente empobrecido, donde el estatismo, el comunitarismo y la desconfianza hacia la propiedad privada han producido estancamiento en lugar de progreso. Nadie migra hacia la miseria; la gente vota con los pies, y los pies de los bolivianos apuntan hacia Santa Cruz.
Satanizar el alambre de púa es satanizar el derecho a construir sin que otro se apropie de lo construido. Es confundir el límite con el egoísmo, cuando en realidad el límite es lo que hace posible la convivencia, la inversión y la prosperidad. La única púa que verdaderamente lastima a Bolivia no es la que delimita una propiedad: es la de quienes, movidos por resentimiento ideológico, insisten en destruir el único modelo del país que ha demostrado, con hechos y no con consignas, que se puede salir de la pobreza.
La única púa que verdaderamente lastima a Bolivia no es la que delimita una propiedad: es la de quienes, movidos por resentimiento ideológico, insisten en destruir el único modelo del país que ha demostrado, con hechos y no con consignas, que se puede salir de la pobreza.